Viajar y escribir. Esas son las dos grandes pasiones que ha unido de manera magistral para ganarse la vida. Javier Reverte (Madrid, 1944) estuvo ayer en Oviedo para presentar 'El río de la luz', un viaje a través del Yukón por la naturaleza más impresionante de Norteamerica. Fue hace tres años cuando hizo ese viaje del que ayer habló en el Foro Abierto de la Librería Cervantes y el pasado año cuando se adentró en el Ártico, el destino de su próximo libro de viajes.
-Dice que con el viaje al Yukón recuperó las ganas de vivir, de viajar, de sentirse joven... No puedo creer que las hubiera perdido.
-Las había perdido en el viaje anterior al Amazonas. Contraje una malaria que casi me cuesta la vida, y cuando me curé, me dejó con pocas ganas de vivir. Cuando me metí en este viaje no tenía mucha ganas de hacerlo, iba un poco arrastrado, con miedo por ver cómo iba a salir, por el ejercicio físico... Pero fue un chute de endorfinas.
-¿Cómo con 62 años se animó a un viaje tan duro, con jornadas de remo de ocho horas diarias?
-Los 62 los cumplí allí. Ese viaje era un sueño para mí, y la única forma de hacerlo era a remo, con grupos de gente en plan deportivo. Me embarqué a ver qué pasaba, pensando 'si va mal la cosa, me vuelvo', pero al final el ejercicio físico me hizo responder muy bien, podía haber hecho más, por fuerza y técnica ya dominaba la carrera.
-Vaya, que esto de viajar, como el quererse, ni tiene horario ni fecha en el calendario.
-Claro que no, yo comparo el viajar y el amor, están en el corazón y en la cabeza y por eso no tienen edad.
-Pero quizá el viaje hubiera sido otro 30 años atrás.
-Hubiera sido diferente, pero a lo mejor menos dulce, ahora tengo 65 años y aunque tenga menos fuerza, antes no tenía tanta capacidad de escribir. Ahora escribo mejor.
-Dice que ese viaje por Canadá y Alaska era un sueño, ¿la realidad venció al mito?
-La realidad supera siempre a la imaginación, eso me ha pasado siempre.
-¿Tanto abruma esa naturaleza?
-La presencia de la naturaleza es enorme, como hay pocos seres humanos ha habido poco tiempo de dañarla. Sólo Alaska es tres veces España, pero para 600.000 habitantes, así que la naturaleza es muy potente, muy limpia, muy libre... Te llena el alma.
-Mucho paisaje, ¿pero qué me dice del paisanaje?
-Encontré mucha gente en el camino y también están los que navegaron conmigo. Si no hay seres humanos no hay viajes, y en éste los hay también, pero le he dado predominio a la naturaleza porque era una presencia muy vigorosa
-¿Qué tienen los ríos que les hace tan literarios?
-Que son generadores de vida. Al dar agua dan alimento a las plantas, a las personas y a su lado crece la cultura.
-¿Sus fronteras pendientes?
-No sé, pero no he estado en la Antártida ni en Australia... Hay muchos sitios en el mundo.
-Siempre hay sitios para descubrir, pero ¿qué aporta redescubrir?
-De lo que se trata de viajar. Siempre digo que el viaje es una actitud sensorial porque pones en contraste y enfrentas con la realidad del lugar, porque hueles, tocas, ves, oyes.
-¿Hay lugares a los que volver una y mi veces?
-Para mí ese lugar es África. La gente es extremadamente alegre, muy comunicativa, y la naturaleza es de una inmensa belleza y una inmensa maldad. Es una mezcla de sensaciones muy enfrentadas, y eso atrae, sobre todo a un escritor.