Era una pequeña ciudad costera de ésas que ratifican se vivía tan bien. Sus habitantes se dividían entre los que tenían trabajo y deudas, y los que tenían deudas, pero estaban en el paro. Algunos abusaban del vino, según contaban, por eso de que lo mejor del brebaje era que durante dos horas los problemas parecían de otros. Todos allí, más o menos, en mayor o menor medida, sufrían la crisis y vivían a base de créditos. Por fortuna, sí, un día llega un acaudalado turista, entra en un pequeño hotel de la villa, avisa que bebe vino pero no fuma, aunque advierte de lo «divino» del tabaco («Te lleva a Dios más rápidamente que cualquier otra distracción») y ruega una cama, la mejor habitación que tengan. Pone un billete de 500 euros sobre el mostrador, exige ver las dependencias. Mientras nuestro turista, en completa soledad, comprueba colchones y toallas de todos los habitáculos del palacio señorial, el dueño del hotel exclama «¡Esta es la mía!», aprovecha la ocasión, agarra el billete y sale corriendo a pagar sus deudas con el carnicero. El carnicero, cejijunto y sorprendido, acepta el dinero, decide devolver los 500 euros prestados y corre, pies en polvorosa, a pagar su deuda con el criador de cerdos. Éste, sin dudarlo, se da prisa por ir a pagar lo que le debe al proveedor de piensos para animales. El del pienso (¡menudo gañán!) coge el billete al vuelo: quiere liquidar su deuda con la prostituta mas formal del condado, a la que lleva medio año sin pagar (En tiempos de crisis, ay, hasta la prostitución va por créditos). La mujeruca coge el dinero y sale para el pequeño hotel donde había traído a sus clientes las últimas veces, sin abonar una sola de todas ellas, un poco porque la conocían y otro poco por cosas, favorcillos, que no podemos relatar aquí. En ese momento, justo ahí, baja el turista ruso (también podría ser irlandés o chino) tras haber visto todas las habitaciones, hecho un basilisco, diciendo que nada le convence y que se toma las de Villadiego. Coge el billete de 500 euros, sonríe de medio lado (como nuestro querido ZP cuando se le pregunta por el precio de un café) y dice que no vuelve más por allí. Moraleja: ¿Nos creemos, realmente, esa patraña de que si el dinero circula hay menos crisis? ¿O aquí somos todos rusos?