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Oriente

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Caballo y caballero, toreros
Unas dos mil personas acudieron ayer a la extraordinaria Corrida del Bello Arte del Rejoneo organizada en la plaza de toros de Infiesto con motivo de la Feria de Abril
04.05.08 -

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Caballo y caballero, toreros
PASEILLO. Los rejoneadores entraron elegantes entre aplausos a la plaza piloñesa. / NEL ACEBAL
Quince minutos. Eso es lo que tarda un maestro del rejoneo en convencer a 2.000 personas sentadas en una plaza de toros de que él ha sido el mejor de la tarde. Sergio Vegas se lució ayer en Infiesto. Era el segundo de los tres rejoneadores del cartel de la extraordinaria Corrida del Bello Arte del Rejoneo, una actividad integrada dentro de la Feria de Abril piloñesa. El primero fue Antonio Domecq y el tercero Joao Moura. Los tres forman la cantera de este precioso mundo en el que el arte de los 'caballos al toro' demuestra la elegancia en la montura y el valor ante la fiera.

El improvisado coso, instalado en el Peleón, no llenó su aforo, quedó a la mitad, pero de los presentes, ninguno permaneció impasible al ver la maestría que supone observar el dominio de un hombre en un caballo y en frente de un toro.

Comenzaron las trompetas a las seis menos diez. Un paseo elegante de los equinos y sus rejoneadores prometía una tarde cargada de estilo, maestría y, sobre todo, dominio. Fuera del ruedo esperaban seis novillos de la ganadería de Gerardo Ortega de unos 500 kilos cada uno. Dentro de él, sentados, estaban los aficionados que, bien es cierto, se desilusionaron al ver limados los cuernos de los toros.

El primero en salir a la arena: Antonio Domecq. Obligado paseo sombrero en ristre y saludo a la presidencia. Comenzaba el espectáculo. El caballo se paseaba junto a un toro que salió bravo pero que pronto mareó el rejoneador dando vueltas, con el caballo caminando de lado, y ante el novillo. Con paso elegante y firme fueron llegando las banderillas. No acertó a la primera con todas pero, al fin, logró endosar al novillo, ya cansado, el resto de banderillas.

Último tercio. Suena el paso doble. El rejoneador clavó la mirada en el novillo y ordenó a su caballo danzar al son de las trompetas. Un aplauso y el equino continuó su baile alrededor del toro que siguió, casi por inercia, el sombrero ya quitado del rejoneador. Ya era suyo. Sólo tenía que saltar del caballo y mostrar su hazaña al tendido. Delante del toro, ahora sólo fiera y hombre, puso su mano en la cabeza del novillo.

Primera oreja

Era el primer toro de la tarde. La primera muerte y los primeros pañuelos blancos, escasos éstos en número. Llegó también la primera oreja. Domecq se lució en su segunda entrada. Ahí sí levantó al ruedo y logró sacar los pañuelos. Ahí sí demostró que lleva en las venas sangre de rejoneador.

Lo mejor estaba por llegar y llegó. El joven Sergio Vegas salió marcando terreno. Demostrando al ruedo que el arte se lleva dentro. Que el toreo a caballo se siente y que con él se nace. No hubo fallos en la lidia. Dicen que en el rejoneo hace falta torería, valor contenido y dominio. Después hay que subirse al caballo, ser torero y, además, torear. Vegas lo logró y el tendido lo entendió como para brindarle, a lo largo de la tarde, tres orejas. Salió por la puerta grande e hizo méritos para ello. Al ritmo de una jota que su equino bailó cual navarro mató a su primer novillo. Con elegancia y con el único sonido de los aplausos y el viento que provocaba un ruedo levantado con los pañuelos blancos en el aire, tumbó al segundo. La tarde fue suya porque también lo fue el talento.

Una mala tarde

Joao Maura decepcionó en su primer paseo. Tímidas palmadas se escuchaban en el coso cuando tumbó al primer novillo. Ni se bajó del caballo, ni se vieron pañuelos, ni hubo orejas. Una de las promesas del rejoneo había defraudado a los piloñeses. Perfeccionó sus técnicas para el segundo, pero no convenció al tendido. Una mala tarde, dicen los que entienden de tauromaquia, la tiene cualquiera.

En cualquiera de los casos ayer torearon en Infiesto tres grandes maestros a lomos de unos caballos que, por momentos, parecían una extensión de sí mismos. Situarse en el sitio correcto, dejarse ver, fijar al toro, aguantarlo inmóvil, asomarse al balcón sin bajarse del equino, clavar y salir de la suerte con refinado paso sin perderle la cara al adornado toro. Eso, en resumen, fue la corrida de estos maestros que torean sin muleta montados en una fiera y en frente de otra.

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