Un buen amigo mío tiene la teoría de que la música es la expresión más pura del alma. Desde luego, esta afirmación tiene muchas implicaciones y un fondo realmente -quizá demasiado- profundo, pero encierra una idea especialmente pertinenente en los tiempos que corren: la música es una metáfora del mundo que nos rodea (¿y viceversa?).
Parémonos a pensar en lo que sucede cada vez que escuchamos una canción: oímos a Nuberu y no podemos evitar pensar en Asturias; Sinatra transporta automáticamente a la elegancia más elegante del New York New York cincuentero, y France Gall despierta la nostalgia eurovisiva.
¿A qué suena este verano? Unos pocos días en Gijón me han bastado para darme cuenta de que es completamente acústico.
El miércoles, tomando el aperitivo al sol en una terracina, quemándome como buen vampiro, el blues profundo y pausado del enorme (literal y figuradamente) Solomon Burke, acompañado por una sola guitarra, como mandan los cánones, iba guiándome hacia la modorra vermutil.
El jueves, en un bar a última hora de la tarde -primera de la noche - en algún bar aún vacío, Django Reinhardt con su swing jazzero ágil e imparable invitaba a relajarse y a dejarse absorber por sus punteos frenéticos después de un día de largos paseos.
El viernes, ante la expectativa de juntar a la pandillona para cenar y salir a tomar el fresco por la noche; la semana finiquitada y la ciudad viniéndose arriba, las Girls in their Summer Clothes de Springsteen ponían la sonrisa en la cara y las ganas de nocturnidad estival.
Y el sábado, al calor del sofá y la mantina bajo un cielo hecho todo de metal, los audaces arpegios de Nacho Vegas al timón de Mark Spitz terminaban de dibujar el primer tramo del verano fatal.
A ver cuándo se arranca tito George Harrison con Here Comes the Sun.