En 1934, Pablo Neruda y Federico García Lorca publicaron en las páginas del diario El Sol un discurso al alimón para presentarle sus respetos al nicaragüense Rubén Darío, padre del modernismo y uno de los poetas más admirados por ambos. Setenta y cuatro años después, en un paraje muy alejado de los chopos de la Residencia de Estudiantes, pero también a muchos de los preceptos que guiaron el devenir de la Institución Libre de Enseñanza, Luis García Montero y Joaquín Sabina emulaban a dos de sus 'padres' poéticos e invocaban aquel referente para dar la alternativa en plaza gijonesa a José Emilio Pacheco, invitado de honor a a la primera de las dos veladas poéticas con las que esta Semana Negra llega a su recta final.
A priori, no es el de Pacheco nombre que necesite mucha presentación. Autor de 'Islas a la deriva' o 'Siglo pasado', hay quien asegura que será el próximo Nobel mexicano. Sin embargo, bien por ser la poesía un arte minoritario, o bien por ese muro invisible que parece alzarse entre la literatura española y las que se desarrollan al otro lado del Atlántico, pocos de los que el jueves a la noche abarrotaban la Carpa del Encuentro sabían ni de su nombre ni de sus versos. Por eso el poeta granadino -que empezó a participar en las lecturas de la Semana en 2003 como acompañante del añorado Ángel González- y el cantautor de Úbeda -al que no le hacen falta las presentacione- se apresuraron a quitarse el sombrero ante su compañero de noche al tiempo que reconocían su magisterio y animaban a la concurrencia a que le diera el reconocimiento que, dada su talla, merecía. El resto lo puso el propio Pacheco: nada más decir sus primeras palabras ya fue obsequiado con una buena salva de aplausos; en cuanto se caló un sombrero rojiblanco que le lanzó una espontánea desde el público, la ovación fue atronadora.
Resulta difícil escribir la crónica de un recital poético, resumir la magia que puede anidar en el mar eterno de las palabras porque, más allá de la enumeración de los textos, las frases que uno pueda pergeñar se revelan insuficientes para describir esa materia intangible de la que están hechas las emociones y que anoche afloraron en varios momentos bajo las lonas de la Semana. Bastaría con reseñar la lectura de 'Democracia' -un poema que Montero dedicó a Jorge Semprún, allí presente, que corrió a abrazarse con los poetas- o en el momento en el que contó una historia mil veces oída y leída -la de los penosos últimos días de Machado- antes de dar paso a 'Collioure', un poema 'estrenado' aquí el año pasado y en el que Montero recuerda un viaje hecho con Ángel González (ayer presente a cada segundo, aunque ni estuviese ni se le leyera) a la ciudad del sur de Francia en busca de la tumba de uno de nuestros mayores escritores.
Pero el punto álgido llegó con un plato ya degustado por buena parte de los asistentes en años anteriores: la interpretación del tango 'Semana Negra' (compuesta por Sabina sobre la música de 'Garufa') que el antaño llamado Vampiro de Lavapiés (hoy está mucho más formal) presentó aquí por vez primera en el año 2002, en una velada memorable en la que estuvo acompañado por el responsable de 'Áspero mundo' y por Paco Ignacio Taibo I.
Como podía esperarse, con el final llegó el delirio. El regalo del libro 'Poemas', de José Emilio Pacheco se regaló a la concurrencia y ésta se lanzó después en tromba sobre la mesa en la que los autores. «Yo nunca había leído a estas horas tan tardías ante un público tan numeroso como ustedes», había dicho Pacheco al poco de empezar.