Yo primero dije ¡Ay! y luego dije ¡Uy! y luego dije que qué pasa contigo y luego recogí del suelo el lóbulo ensangrentado y me pareció pequeño para mi oreja pero no. Carmina Torcaz lloraba de la risa y una de sus amigas, que es pasante en un despacho de abogados que no la necesitan, le dijo que Carmina, que mira que eres mala, que dale la mano a Javier que es de lo mejorcito de Gijón y que por qué eres tan mala, y Carmina dijo que ella no era mala y sus amigas dijeron que bueno pero que dale la mano a Javier que es de lo mejorcito de Gijón, así que acerqué mi mano a la suya para chocar los cinco, porque si bien la Torcaz me había enviado un mordisco también era cierto que se le notaba la tanga, y va ella y en vez de darme la mano me envía otra dentellada y se queda con mi dedo meñique colgando del labio como si fuera una faria. Yo, primero dije ¡Guau!, pero un ¡Guau! de dolor no el ¡Guau! que uno dice cuando le dicen cosas agradables, y luego dije ¡Uf! y creo que también dije ¡Guaf! y luego le dije que si estás loca, Torcaz, y luego recogí el trozo de dedo que Carmina había escupido entre risas y lo metí en el bolsillo junto con el lóbulo, y otra de sus amigas, que se hace llamar Oligopolia por sus amantes, va y le dice que mona, que mira que eres mala, mona, y que por qué no te compras una de Chester Himes y lees un poco, y va Carmina y le dice que porque no me da la gana y que como sigas por la senda de la insidia y del improperio voy, desabotono la camisa de Javier y le muerdo las tetillas, y voy yo y le digo que de eso nada, pero cuando estaba pronunciando la sílaba 'na' de 'nada' va la Torcaz, me desabotona la camisa y me arranca la tetilla derecha de un mordisco. Yo, primero, dije ¡Jorruf!, porque cuando algo me duele de verdad siempre digo ¡Jorruf!, luego dije ¡Aymica! que también es interjección de dolor, desconsuelo y atribulación, luego dije que pero si me has comido una tetilla, Torcaz, pero lo dije poniendo cara de incredulidad como quien no se puede creer que una mujer a la que se le nota la tanga y la aureola de los pezones vaya y te coma una tetilla, y luego me puse a buscar en el suelo arenoso la inútil pieza de mi cuerpo que no por poco útil tiene menos derecho a seguir pegada a mi torso que los lunares de la axila, que antes eran bellos y ahora, tal vez, cancerosos, y va Oligopolia y le dice a Carmina que qué le dice de sendas, que ella no ha seguido nunca la senda de la insidia y del improperio, que siempre ha seguido la senda de la íntima iluminación y el íntimo descaro y que no admite que una comedora de tetillas la fuerce a seguir la senda del empecinamiento y de la ocultación, y va la Torcaz, que dicen que es mala como los dientes de Ptolomeo, y amenaza públicamente con comerme la otra tetilla si Oligopolia continúa por la senda del improperio y la diversidad, y yo voy y cubro la tetilla que me queda con ambas manos como las vírgenes cristianas cubrían sus tetas en el circo de Vespasiano, y va la pasante y le dice a Carmina que ni te atrevas y va Carmina y se atreve y me muerde la otra tetilla y, de paso, las manos que la cubrían, y me desgarra también la camisa a la altura del cocodrilo. Yo primero digo ¡Uarf!, luego digo que piraña, que eres una piraña, piraña, y luego recojo del suelo el amasijo de tetilla, camisa y saliva de la Torcaz, quien, insaciable, busca con la mirada de mala que es cualquier otra protuberancia de mi cuerpo susceptible de ser mordida y yo no puedo dejar de pensar en lo peligrosa que puede llegar a ser la Semana Negra.