El sexo vende. Incluso el más rupestre y paleolítico. Lo sabe bien Antonio Gómez, guía de la cueva de Chufín, que todos los días tiene con los turistas unas palabras, en plan preliminar, para que no caigan en la tentación de lo fácil. Luego, cuando ya están preparados, les enseña la vulva que custodia. Se trata de una oquedad triangular que, hace más de 30.000 años, alguien pintó de rojo. «Si no les doy un poco de explicación antes, la gente se ríe, claro», comenta el guía.
La suya es una vulva con mucha historia. Si está ahí, en medio de grabados de animales, es por el importante papel que la mujer tenía en la cabeza de los hombres paleolíticos. «La alta mortalidad infantil elevaba a las mujeres, no eran diosas pero casi, porque de ellas dependía la supervivencia del grupo», expone el historiador Marcos García, coordinador de Cuevas Prehistóricas de Cantabria. Se calcula que para aquellos pobladores vivir era un milagro. No cumplían más de 35 años y el 30% de los niños moría antes de su quinto aniversario. «En el mejor de los casos una mujer tenía seis hijos y dos se le perdían en el camino», ilustra García.
Por eso la obsesión femenina de aquellos hombres. No era una cuestión de atractivo. Era pura supervivencia. Aunque eso no quita que disfrutaran con el asunto. «A partir de los 14.000 años antes de Cristo, empiezan a aparecer imágenes vinculadas a la sexualidad, retratando diferentes posturas, como un pequeño kamasutra», informa Marcos García. «Eso denota que además de lo reproductivo, en el sexo veían su parte lúdica», comenta.
Huecos a la imaginación
Aunque de esto no hay rastro en el pantano que da acceso a Chufín, la visita a las cuevas «es siempre un viaje al pasado, a nuestras raíces», expone su guía. Los que visitan el enclave además de treinta figuras en el interior y el exterior de la gruta, todas del periodo auriñacense, ven sueños, reflejos del pasado, dibujos que vuelven la mirada atrás. Y ahí cabe de todo, incluso lo paranormal.
Es lo que pasa cuando los visitantes se desplazan a la cueva de Hornos de Peña y se topan en ella con una figura de rasgos humanos, pero con innegable cola animal. «Da para todo tipo de especulaciones», concede García, quien intenta tirar de manuales y estudios para imponer sensatez a algo «que ronda los programas de Iker Jiménez». «El arte, a veces, está vinculado a lo chamánico, a la alteración de la conciencia, que te lleva a visiones transformadas de la realidad», expone. Aunque defiende que es la hipótesis más lógica, admite que el de los historiadores «es un mundo a debatir».