«La vida cotidiana entera, cuando no actuamos de forma transparente, se reduce a una clase de mentira por omisión. ¿Quién aceptaría sin temor saber lo que sus amigos piensan y dicen verdaderamente de él? ¿Quién jugaría a ser invisible para asistir a una comida donde se tratara de él, sin temer la pérdida de uno que pasa por su amigo?...».
Poder metamorfosearse en un 'diablo cojuelo' capaz de sobrevolar conversaciones en las que se hablara de nosotros, significaría caer en las garras de la depresión. ¿Se imaginan, pongo por caso, los comentarios de una amante despechada sobre nuestra pretendida potencia sexual?...
Digresiones al margen, está claro que no se debe andar por la vida siendo sincero con el personal (ni con uno mismo, para evitar -cual es mi caso- una monótona repetición cotidiana ante el espejo del cuarto de baño: «¿Buenos días, so memo!»). Y, al fin, llego a donde pretendía, o sea, a la transcripción del breve diálogo sostenido con Dascoíte en ocasión de una cita para hacerme entrega de las últimas incorporaciones a su 'Diccionario del disparate'. Como casi siempre, el lugar de encuentro fue un chigre y, al coincidir en el día de mi onomástica, lo invité a una consumición:
-¿Y yo que pensaba que sólo te estirabas si te ponían en el potro de tortura!- exclamó sonriente.
-Es que cumplo años.
-¿Cuántos, ho?
-Cincuenta y siete.
-Pues no lo parece.
-¿A qué no, eh?
-Aparentas más de sesenta.
Al abandonar la sidrería me dirigí a la farmacia más cercana para proveerme de tinte para el cabello y de cremas para las arrugas. Me gasté todos los ahorros y hube de pedir un crédito para convertirme en un metrosexual de esos. Permanezcan atentos a la fotografía...





