«Acabo de compartir unas sidras con un compañero de fatigas estudiantiles en el antiguo Instituto Jovellanos, y entre culín y culín comenzamos a desgranar recuerdos de los tiempos del bachillerato, que a los lectores más jóvenes seguro que les parecerían fruto de imaginaciones calenturientas, o del alcohol, o también podrían pensar que acontecieron en los tiempos en que los neandertales habitaban en la cueva del Sidrón. Pero sucedieron como quien dice anteayer cosas como formar militarmente en el patio del instituto para rezar y cantar himnos patrióticos. Acto seguido intervenía el jefe de estudios, un sacerdote llamado don Félix que era un auténtico cancerbero de la moral tridentina, y que en medio de un silencio sepulcral leía la relación de castigados que debían acompañarlo el domingo en una llamada clase de estudio. El castigo entraba en franca contradicción con la enseñanza que él mismo nos impartía, y más concretamente con una reflejada en este párrafo que aún se me de memoria:
'El origen del descanso lo encontramos en el diario de la Creación, puesto que el séptimo día Dios descansó, y de ahí que el tercer Mandamiento nos ordene santificar las fiestas y descansar. El descanso es necesario para el cuerpo y, sobre todo, para el alma, porque gracias a él, libres de las herramientas y preocupaciones materiales, podemos dedicar algún tiempo a meditar sobre Dios y el destino eterno...etcétera'.
»Tampoco tiene desperdicio una frase a modo de conclusión en la que se argumenta que los chinos no tienen descanso semanal y son fisiológica y mentalmente inferiores a los demás hombres.
»Hablamos largo, tendido y bebido sobre los ejercicios espirituales obligatorios, sobre las clases de Religión (católica, claro) o las de Formación del Espíritu Nacional (fascista, por supuesto)... Pero como ya apenas resta espacio, lo aprovecharé para concluir tal que así: ¿Viva la asignatura de Educación para la Ciudadanía!».





