Pero el nuestro sigue siendo un país donde importan más los contactos que los conocimientos, las amistades que las titulaciones, la impronta en falsete de 'estar en el ajo' que la valía personal. Siglos de práctica en el uso de las influencias, falsas o ciertas, han generado una larga escuela de pícaros y 'mindunguis', de personajes con la pechera almidonada y la espalda al aire. Y no crean, no se trata de que se mencionen compañeros de estudios en Eton, que ya daría una cierta información sobre el origen de quien los menciona, se trata de algo más cutre, más hispano, más chabacano y, casi siempre, falso.
Tampoco se trata de una práctica para las clases bajas con deseos de ascenso, no señor, el amiguismo lo practica todo quisqui. Debe ser un simple problema de baja autoestima nacional. Por ejemplo, si de algo ha presumido Aznar, ha sido de sus amistades. Al tipo se le erizaba el bigotillo y se engolaba aún más la voz cuando mencionaba sus vacaciones en el yate de Berlusconi, cuando se hacía pública la lista de invitados a la real boda de su niña o cuando colocaba las botas tejanas y el sombrero vaquero en una vitrina de su casa. Como si fuera una reliquia santa.
Lo malo de esta pérfida costumbre es constatar lo mal que trata el tiempo a sus acólitos; esa especie de justicia laica del fatum capaz de tirar por la borda tan sacrificada lista de amistades incondicionales. Acabada la utilidad del advenedizo queda la sonrisa del 'amigo' colgadita en el aire, tan imborrable y burlona como la del gato de Cheshire, mientras permite a sus propios cronistas desmantelar la 'inquebrantable amistad' que unía a Aznar con su persona.
A este cruzado a destiempo, a este funcionario en excedencia, a este marido ejemplar, a este salvador de los valores occidentales, a este padre de Cenicienta sin gracia, a este escritor con laísmo, a este ex presidente con mono de poltrona y 'auctoritas' (que no es autoridad sino influencia moral), a este políglota de duro acento y más duro tímpano, al señor Aznar, vaya, se le olvidó que, quien tiene apellido no necesita apoyarse en los contactos de otros apellidos; si eres Picasso, a todo el mundo le importa un rábano tu árbol genealógico. Se le olvidó que en este país de 'influencias prestadas', también existe la costumbre de descubrir al 'marrano' recién converso para subirlo hasta la picota del desprecio más sublime.





