HALLÁBAME en plena sintonía con mi musa preferida, la musaraña, cuando irrumpió sorpresivamente en la columna y, con su voz estridente de cotorra y el dedo índice en plan admonitorio, me recriminó lo de casi siempre: «¿A ver cuándo te estires y nos invites a la mi fía y a mí a unes buenes vacaciones, que ya estamos fartuques de ir todos los veranos al mismu cámping!». Se trataba -obviamente- de mi suegra, esa a la que conviene arrimarse en los días tormentosos por aquello de que no hay rayo que la parta. Más iracunda de lo normal, que ya es decir, y ello porque tenemos un pacto por el cual ella debe hacer gala de sus innegables dotes culinarias antes de que concluya el mes en curso para prepararme bonito en la especialidad que mi menda prefiera. Y, claro, como no puede verme feliz, apura el cumplimiento hasta última hora. Poco le resta ya, así que que me preguntó con voz desabrida y cara de mala hostia:
-¿Cómo coño quiés que te lu prepare esti añu, ho?
-Pues...
-¿Con patatines, en plan marmitako?
-¿Huumm!
-¿A la plancha?
-¿Qué rico!
-¿Con tomate o con pisto?
-¿Aaah!
-¿Al ajillo o con arroz?
-¿Qué dilema más bonito!- exclamé embelesado al tiempo que las papilas gustativas secretaban hilillos de baba por la comisura de los labios.
-¿Todos los años el mismo rollo! -exclamó ella secretando una bilis invisible. Su última palabra fue la clave de mi elección: rollo de bonito.
Por aquello de la familia política, recordé finalmente esta estrofa de una vieja canción de Pixín el Rapero: «Gran familia el socialismo, / que a muchas gentes integra, / desde primos a allegados. / Dijo Areces sin cinismo: / 'Para mí Villa es la suegra / que me tiene alucinado'».
Ahora las cosas están más tranquilas en esa familia, pero aún hay asignaturas pendientes, como el hospital de parapléjicos... y Rodiezmo está 'a tiru piedra'.