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«Ahora tendré que aprender a ser una persona libre»
25.07.07 -
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«Tendré que aprender a ser una persona libre; debo comenzar todo de nuevo», afirmaba con lágrimas en los ojos Cristiana después de haber pisado tierra búlgara donde la esperaba su madre, Zorka, que llevaba, como señal de buen agüero, el mismo vestido rojo que nueve años antes le había regalado su hija. Pese a tantos años de sufrimientos, ella manifestaba estar dispuesta a perdonar a todos «incluso a aquellos que no lo merecen».

La abuela Zorka, como ya es conocida en Bulgaria, pasaba horas y horas sentada frente a la Embajada de Libia en Sofía cada vez que se anunciaba alguna acción para exigir la liberación de las enfermeras. Esta mujer, de excepcional fortaleza, afirmaba poco antes de aterrizar el avión que no se lo podía creer hasta no ver personalmente a su hija.

Snezhana comentaba que su última noche en Trípoli había sido muy tranquila y no tuvo que tomar pastillas para quedarse dormida porque su hijo, Ivailo, le había comunicado el día anterior que a más tardar el miércoles estarían de vuelta en la patria. «Él, sin embargo, no se lo creía, pero yo sí le creí y, como ven, no me equivoqué». Hasta el último momento Ivailo, mientras esperaba en la madrugada de ayer en el aeropuerto, seguía sin creer la feliz noticia. Fue después de abrazar a la madre cuando exclamó: «¿Ahora sí sé que son libres!». Una de las primeras palabras que pudo pronunciar Snezhana al abrazar a su hija Paulina fueron: «Soy inocente».

Snezhana dedicó también palabras muy cariñosas a Cecile Sarkozy que las visitó en fecha reciente en la cárcel libia: «Nos prometió que nos llevaría de vuelta a Bulgaria y cumplió su promesa. Es una persona a la que es imposible no creer lo que dice».

El doctor Ashraf, palestino recién nacionalizado búlgaro, que durante tres de los más de ocho años que estuvo preso, las autoridades libias mantuvieron incomunicado en su celda, comentaba que está muy agradecido a todos los búlgaros que en el mundo entero le apoyaron en los momentos más difíciles. «Lo último que se pierde es la esperanza y yo jamás la perdí».

Señaló que cuando en 2002 el entonces ministro de Exteriores, Solomón Passy, lo visitó en la cárcel y le preguntó qué podía hacer por él, le respondió «Quiero ser búlgaro» e inmediatamente agregó orgulloso: «Ahora ya lo soy». Ahsraf, cuyos familiares vienen hoy, señalaba que quiere olvidar para siempre «las celdas, las rejas y el chasquido de los candados.
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