
Aquel día tampoco fue diferente. Al llegar a la altura de la huerta de La Fuente frenó en seco y, entrecerrando los ojos para agudizar las dioptrías de su mirada, echó un vistazo a La Nozalona: un árbol sin duda mayúsculo, tal y como le había enseñado su abuela que se debía escribir aquel nogal desde donde lanzaban las basuras al río. Desde allí, poco a poco empezó a caminar, ralentizando su paso hasta acompasarlo con los latidos de un corazón que también se resentía por la carrera primera. Y, una vez donde comenzaba a descender el estrecho pedrero, se permitió el placer de ponerse a hablar sola, consciente de que ya nadie le seguiría los pasos.
«Con cuidado y de puntillas», dijo mientras se sujetaba a los postes que cerraban el paso al castañar. Subió a la sebe para evitar que el agua del río le cubriese los zapatos y, tras recorrer los siete metros que ocupaba el incómodo margen, trepó con prudencia el viejo roble caído frente al que, pudorosa, se escondía La Fuente'l Fierro. Entonces cumplió el ritual que íntimamente se había autoimpuesto: descalzó sus pies metiéndose de lleno entre la nata ferruginosa que cuajaba bajo el caño, e, inclinándose ante éste, se dispuso con paciencia a llenar una botella que poco antes recogiera en la despensa.
Le gustaba. Le encantaba saber que estaba completamente sola y que nadie la buscaría chapoteando en mitad del monte. Tenía trece o catorce años, no lo recuerda exactamente; pero lo más importante que descubrió aquel verano, mediando la década de los 90, fue un extraño sentimiento de pertenencia. Sin engañarse, sabía que no pertenecía a aquella tierra. Era consciente, debido a la inestabilidad territorial que caracterizaba a su familia, de la fugacidad de las cosas. Sin embargo, aquel año sintió por primera vez algo que permanecería en el tiempo: era aquella tierra, lo notaba, la que le pertenecía únicamente a ella. Y por esa razón empezó a arrogarse la exclusividad de cada recodo, rebelándose emocionalmente contra cualquier gesto que supusiese la usurpación de una propiedad que, sabía, nunca existiría para el resto del mundo.
Se daba cuenta cada vez que llegaba una visita y su comportamiento oscilaba entre el desdén y la prepotencia. O cada vez que se situaba comparativamente frente a cualquiera de sus conocidos, y se sabía más fuerte por el hecho de poseer un pedazo de suelo. Su privilegio significaba poder frente al futuro de los otros: simplemente era consciente de que en secreto era dueña de algo que, llegado el momento, nadie más conocería. Por eso, entre el corazón y su cerebro, palpitando arrítmicamente por la yugular, establecía también los límites entre toda la gente posible y ella.
Aquel día, de vuelta por el resbaladizo sendero, pensó que entonces no era más que la adolescente que, cómo no, odiaba los espejos. La niña que había nacido demasiado vieja para determinadas trivialidades. La mujer en construcción. La estratega sentimental que por elección involucionaba a cada segundo; la que aparentemente se hacía fuerte mientras descubría el autismo como arma de autodefensa. Pero también empezó a gustarse.
«Mírala. ¿La estás viendo?», escuchó decir a su abuela ante un desconocido de la que, con esfuerzo y pericia, volvía a deslizar una de sus piernas sobre el muro. Luego supo que aquel hombre pretendía invitarla a alguna fiesta a la que nunca asistiría y, precisamente por eso, tampoco le importó romper una imagen que el extraño hubiese preconcebido. Una razón más para apuntar en la memoria lo que interpretó como una nueva extravagancia. La diferencia era un halago para quien entonces optaba por situarse en el extremo de la circunferencia en lugar de en el centro, siempre reconocible.
Así, con una satisfacción casi involuntaria, saltó de golpe a la acera, saludando escuetamente a un desconocido que ya nunca la entendería, y, ensimismada en su imaginario fantasmal, bordeó la casa donde esperaba su familia. Después, tras el lavadero, junto al árbol que un día le habían otorgado como proteccionado y bajo el que construyera una pequeña caseta, abrió la botella y vertió un poco de aquel frío agua sobre dos vasos pequeños. «Te gustará», murmuró sentándose en el piso y ofreciendo la bebida hacia una silla vacía. «Los que se conocen en soledad escogen qué y con quién la comparten», pensó entonces con una madurez impropia y seguramente impostada. Y de esta manera, aferrando su mano a los dedos del aire, prometió que un día le llevaría con ella.
En cambio, si le preguntas hoy, cuando aún se afana en levantarse sobre los pilares primeros, te dirá que aquel verano fue un camino que todavía nadie ha recorrido. Y eso, pese a lo que pudiera parecer, siempre consuela.





