Y, claro, mientras esté la tía Antonieta, Alberto no puede ceder su caballeroso brazo a ninguna otra mujer. Pero lo preocupante es que a él no parece importarle lo más mínimo. Éste con tal de agradar a su anciana tía es capaz de dejar desparejada incluso a la presunta novia. De ahí que a la pobre Charlene Wittstock se le notara un pelín violenta al llegar al baile. «Pero Alberto, ¿para qué me traes? -parecía estar diciendo su cara-. He tragado con tu reticencia a anunciar un compromiso oficial, trago con lo de tus bastardos, soporto con santa paciencia la 'vendetta' que se traen tus hermanas... Pero esto ya es demasiado. ¿Qué papel juego yo aquí? ¿El de la otra, la otra?»
Y es que el Limbo, por mucho que digan, no ha desaparecido. Existe. Es el lugar que ocupa Charlene en Montecarlo. No es prometida, ni novia oficial, ni tampoco sólo amiga... Menos mal que, como nadadora, la joven está acostumbrada a mantenerse a flote. Pero, ¿qué le ocurre al príncipe monegasco? ¿Qué prueba irrefutable necesita para dar el salto al matrimonio? ¿Acaso le falta la aprobación de la incombustible Antonieta, y de ahí el peloteo...?
Eso o que Alberto está más enmadrado que Bernardo, el contable de 'Camera Café', y no acaba de ver claro que esta nadadora australiana hubiera sido del gusto de la extinta Grace Kelly. El último baile de la Cruz Roja ha coincidido con el 25º aniversario de la muerte de Gracia de Mónaco y un póster gigante de su serenísima y 'fotogeniquísima' alteza ha presidido la gala. De manera que Charlene no podía dar un paso sin toparse con la dulce pero implacable mirada de su presunta y difunta suegra. La pobre debe de haberse sentido como en una película de Hitchcock.
Por eso urge que Marta Luisa, que acaba de revelarse como la nueva Aramís de la aristocracia, le eche una mano a Alberto desde su 'Universidad Divina'. Aunque no hace falta ser medium para escuchar desde el más allá (e incluso desde el más acá) un fantasmagórico clamor que dice: «Albertoooo, cásate de una vez, que ya te valeeee...».





