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Sociedad

Verano
El día que cambió el mundo
Nadie hubiera podido sospechar que ese verano que había comenzado tranquilo no sólo iba a acabar de una manera trágica y dolorosa sino que iba a cambiar una época.
31.07.07 -
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El día que cambió el mundo
TORRES GEMELAS. Hilario Barrero subió a la azotea de su casa de Brooklyn nada más oír la noticia por la radio con su cámara.
Vivir el verano Aquel verano de 2001 Nos iba a sacudir a todos, nos iba a dejar marcados e íbamos a referirnos a él como «en el momento en que ocurrió yo estaba haciendo »

El día había amanecido brillante, y como ese día no tenía que dar clases me quedé en casa escuchando la emisora de música clásica del New York Times. Poco después de las nueve de la mañana oigo que se interrumpe la música y dicen que un avión ha chocado contra una de las Torres Gemelas. Como me acabo de levantar y han suspendido de pronto la música pienso que debe de ser un error. El locutor vuelve a repetir la noticia y yo termino de vestirme, cojo la cámara fotográfica y me subo a la azotea de mi edificio que es uno de los más altos de Brooklyn. Al llegar a la azotea veo que hay ya algunos vecinos que miran a las Torres que están enfrente de nosotros. De una sale humo espeso, la otra está intacta. Es una perfecta mañana de finales de verano. De pronto, mientras los vecinos hablan de lo que está ocurriendo, vemos cómo un avión se aproxima a las Torres.

Yo, ingenuamente, pienso en la eficacia de las autoridades americanas, en la rapidez con que han enviado un avión para ayudar a los que están en la torre de la que ya están saliendo algunas llamas. En un momento vemos, asombrados, que el avión se estrella contra la segunda torre. Todos nos quedamos por un momento sin habla, nadie se mueve de sitio. Momentos después un vecino mayor dice: «Esto es un atentado», y algunos se ponen a llorar.

Yo apenas si acierto a hacer fotos. No puedo creer lo que estoy viendo: de las dos torres está saliendo humo, se oyen sirenas por el barrio, alguien sube con un transistor. La mañana que había amanecido gloriosa comienza a enturbiarse: el humo denso va apoderándose de las nubes, de los ojos de muchos siguen cayendo las lágrimas.

De la primera torre que fue herida empiezan a salir grandes llamaradas y un humo denso. Alguien que tiene unos prismáticos dice que hay personas que se están tirando desde las ventanas. Se intensifican las sirenas que chillan como pidiendo auxilio. De pronto vemos que la primera torre se desploma como un gigantesco árbol que es derribado. Los vecinos se abrazan unos a otros. Vemos cómo se desploma la segunda torre, pero nadie está seguro de que lo que está viendo sea real: estamos tan acostumbrados a películas de catástrofes, a leer novelas de terror, que esto que vemos parece una película perfecta, un best seller.

Mi Universidad está en la calle Chambers, a muy pocos metros de las Torres y fue convertida en hospital y no tuvimos clase por mucho tiempo. Al día siguiente amaneció una mañana luminosa, y Nueva York no tenía techo. Me asomo a la ventana y del lugar donde estaban las Torres sube una enorme nube de humo a veces roja y a veces negra. Envolviéndola esta el día radiante con una luz rosa y fuerte, una luz que daña para tanta ceniza, ruina y escombros. Todo parecía irreal, como si hubiera sido soñado.

Fueron dos cosas las que me acercaron a la realidad de la tragedia: los periódicos y los bomberos. Los primeros, que conservo todavía, contaban la noticia en primera página con titulares que yo nunca había visto, sólo comparables a cuando se acabo la guerra. La segunda fue cuando después de leer los periódicos (y contestar muchas preguntas de emisoras de radio españolas que me llamaron a primera hora de la mañana) me pasé por Union Street.

Parecía domingo, un domingo de tristeza, la gente caminaba en silencio. Al llegar a las dependencias de bomberos que había en mi barrio, Park Slope, es donde aprendí el valor de lo que había presenciado el día anterior: todos los bomberos, menos uno, en un total de diez, habían muerto en las Torres Gemelas. Jóvenes llenos de vida o veteranos de muchos fuegos que yo había visto limpiar los coches muchas veces y a los que saludaba al pasar habían muerto. En ese momento supe que ese verano que había empezado prometedor sería uno de los veranos más importantes de mi vida, a la que marcaría para siempre. Un verano que no solo cambió mi vida, sino toda una época. El verano de 2001.
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