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EN CORTO MARINA LLANEZA PROPIETARIA DE UN TALLER DE ENCUADERNACIÓN
«No hay aprecio hacia los libros»
02.08.07 -
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«No hay aprecio hacia los libros»
ARTESANA. Llaneza entre libros para encuadernar. / M. C.
Marina Llaneza comenzó hace 20 años a encuadernar libros. «Un vecino daba clases en la Universidad Popular y yo aprendí de casualidad, porque iba a su casa y le veía encuadernar». Hoy, en su taller de la calle de Marcelino González realiza desde encuadernaciones de fascículos a cajas de cartón a la carta, aunque es consciente de que «estamos en otra época y hay cosas que se pierden, pero yo soy de la generación que necesita el soporte de papel».

-¿Sigue llevando la gente los libros a encuadernar?

-Suelen traerme fascículos y fotocopias, pero lo que a mí me gusta son las encuadernaciones en piel. Sin embargo, lo que menos me traen son libros antiguos. Si encuaderno en piel suele ser porque es para regalar o porque alguien tiene mucho aprecio a un determinado libro, pero en general la gente no tiene un aprecio excesivo a los libros y hay quien piensa que un libro con 20 años ya es muy antiguo.

-¿Varía mucho el proceso dependiendo de lo que encuaderne?

-Sí, porque en un fascículo me dan las tapas hechas y yo sólo tengo que coser las hojas y pegar las tapas, pero con un libro viejo muchas veces hay que deshacerlo, volver a coserlos, limpiar los bordes, redondearlo, sacar el cajo para repartir el peso del libro, cortar las tapas a medida...

-Pero, ¿merece la pena encuadernar un libro?

-Sólo merece la pena si tiene un valor especial, ya sea material o sentimental, porque sino vale más comprar un libro nuevo que encuadernarlo de nuevo. El problema está en que la gente desconoce el tiempo que lleva este trabajo y no lo aprecia, así que siempre piensan que es carísimo. Al final, cobro la hora regalada. Es de risa. Sin embargo, cuando vas al mecánico ya sabes que vas a dejar 60 euros sin que le hagan nada al coche.

-¿Qué opina de las ediciones de bolsillo?

-Yo no puedo con las rústicas malas que hacen que te quedes con las hojas en la mano, detesto el quiero y no puedo. Antes de comprar libros hechos de forma industrial prefiero uno en rústica, pero cosido. Ya no se lee, y cuando lo haces después ya no vuelves a mirar para el libro.
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