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La vertiente incontable
El calor asfixiante, los chapuzones y la resaca marinera ambientaron la Fiesta de les Piragües
05.08.07 -
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La vertiente incontable
PIGAZU. Tres concelebrantes 'selleros' disfrutan de una siesta a deshora cerca de la orilla del río. / PURIFICACIÓN CITOULA
Sería memorable si hoy aún nos quedase algo de memoria. Entonces podríamos recordar, para advertir en el futuro, que no fue lo mismo venir con la mochila inconsciente de los dieciocho años a dormir de mala manera la fiesta, que volver ahora, más cerca de la treintena que de la madurez, a anclar la incorrección de una tienda de campaña junto a las vías de un tren con el que ni siquiera contábamos. En este momento de la vida, en el que el mundo empieza a sospechar que has alcanzado la sensatez, regresar a la ribera del Sella con la misma levedad de hace unos años debería suponer la adición de algún rastro de conciencia a cada uno de los gestos que ya reconocemos por repetidos. Lo que por otra parte agravaría de alguna manera la mirada sobre los demás y cuestionaría el respeto sobre uno mismo. Sin embargo, y por suerte, el cansancio existencial con el que nos levantamos esta mañana ha convertido la moral en incontable, como las muchas horas vividas en la vertiente de un río que, en su descenso, logró mermar el abuso de entusiasmo que, por puramente elevado, llegó a ser inhumano. Pero empecemos por el principio, cuando todo era narrable, y carecía de este hálito metafísico que arrastra la desmemoria.

Si no fuese por la resaca marinera en la que derivó la Fiesta les Piragües -el deporte, por cierto, es siempre buena excusa para destrozarse el cuerpo-, estaríamos pensando en la hazaña que conllevó a primera hora del día la pequeña tarea de aparcar nuestro coche: al final, por cinco euros nos dejaron la parcela justa de una vega a dos kilómetros de Ribeseya, y la tranquilidad de librarlo de la multa y los excesos. Aunque también es verdad que mucho más difícil fue avanzar entre los cientos de cuerpos dormidos que yacían, como muertos, por la zona, sin conciencia ni interés por los piragüistas que disfrutaban, ignorantes y aplicados, de la intensiva jornada. Tendríamos que explicarles, aunque lo sepan, lo que fue sobrevivirnos ayer, y trasladarnos después con todos los bártulos. Lo que significó, por curiosamente extravagante que parezca, sumergirse en una babel de acentos estatales e internacionales, para encontrarnos de nuevo esta mañana en una realidad de razones difícilmente objetivables. Pero sobran los méritos y faltan las ganas de justificar en un día donde la pasión y el tesón son sujetos que se desconocen a cuenta de su inexistencia.

Camino del Norte

El hecho es que, como fuere (tuvo que ser a duras penas), por una vez y por respeto logramos aventurarnos camino del Norte, donde habrían de llegar los señalados deportistas entre una multitud interesada en visualizar la prueba. Y ahora ya casi no nos acordamos, pero era intransitable la villa e inaguantable el esfuerzo de tratar de ubicarnos. Así que, finalmente, el calor asfixiante del día y la imposibilidad del paseo nos llevaron a una acogedora playa fluvial, pasado el puente, donde sumergimos el sol para salvarnos del resto. Si lo pensamos, era extraña la observación pero más rara la distancia desde donde nos olvidamos de los bares en los que era inimaginable entrar, por saturación y desgana; de la música exaltada en la que los supervivientes hacían lo propio con el apoyo de una botella; y de la espantosa publicidad con la que nos avituallaban los publicistas y los hosteleros.

Allí, perdida definitivamente la noción del tiempo, escuchábamos la irreconocible retransmisión del Descenso, entre los gritos de unos pocos valientes que se lanzaban al agua para despabilarse. Y por absurdo que parezca desde esta dominguera falta de recuerdos, algo había de resurrección en aquel acto de inconsciencia. Porque los arañazos del fervor astral y los efectos de tanta noche prolongada, nada pudieron contra la vitalidad de los que se empeñaron en desafiar al sueño, más todas las leyes impuestas sabiamente por la naturaleza.

Al mediodía, en mitad del calor, del sopor y lo impensable, distinguimos una canoa llegando a puerto, al tiempo que decidimos que la próxima vertiente la cruzaríamos, a poder ser, transformados en piragua. Ni siquiera nos quisimos como palistas, por sufridos y victoriosos que atravesasen el puente camino de una mar que lejanamente presentimos, aunque en verdad tan sólo estuviese a unos pocos metros.

Pero ahora ya nada importa, porque todo es memoria y la memoria un engaño que se nos está permitido. Hoy por lo menos. Así que recogemos los párpados, la emoción y las difusas imágenes, entre los trastos pesados que devolveremos a casa, complicados hasta en la definición. Dejémoslo tan sólo en cansancio. Lo que es curioso: entre tanto decir sin contar, entre tanto desvivirse intensamente, no somos capaces de explicar este deseo de marcharse con la intención de regresar otro verano. Será que todo hoy es matemática y periodísticamente incontable. Pero es cierto.
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