
Era una noche calurosa, dormía en una de las habitaciones del chalet de la hermana de mi madre que se llamaba como yo, Esther, aunque la llamaban Estherina. Estherina estaba enferma de cáncer, y cada mañana me despertaba al amanecer, sonriente, con sus pómulos tan bellamente pronunciados que enmarcaban y rasgaban sus ojos negros, con un zumo de naranja a la habitación tropical, que era la de invitados. Me decía que el zumo en ayunas eliminaba toxinas y que era muy saludable. Estherina, uno de esos adultos con los que un joven puede hablar, escuchaba; a ella le podía contar aquello que me preocupaba, un amor imposible, un amor del que no podía irme ni exiliarme.
Esa noche escuche gritos en los que las palabras llorosas exclamaban mi nombre, o el de mi tía, se escuchaba el llanto que llegaba desde el patio. Un grito que al principio, confundida entre sueños extraños, en los que Frank golpeaba una pared con el puño cerrado, confundí con música de merengue. Dormía sin dormir en una especie de duermevela en la que Frank me decía que me amaba, y luego en su rostro aparecería de nuevo la duda. Dolía, porque la duda uno puede compartirla, expresarla, sentirla, cuando la relación se mantiene en el equilibrio de lo razonablemente amoroso; pero cuando se trata de una pasión, cuando se siente un amor poderoso, la duda aparece como una enfermedad del alma, se convierte en herida. Me creía morir cuando llegué a Caracas, a pesar de las múltiples llamadas de Frank, que cuanto más huía más me amaba, pero era incapaz de quererme en el sosiego, en el encuentro. Durante la noche especialmente reflexionaba sobre la imposibilidad de mantenerse queriendo a quien quiere únicamente cuando pierde a quien ama, en el dolor de acercarse y retirarse. Amar a quien duda es un ejercicio doloroso. Justo esa mañana, Frank llamó para decir lo mucho que me echaba de menos, cómo Madrid era un hueco, un vacío de calles con mi ausencia. En realidad no lo dijo así, dijo que me echaba de menos, eso creo que sí, al menos llamó, y ante mi distancia sí que supe que se iba rompiendo la suya, entonces deseaba recuperarme, pero por cuánto tiempo, me pregunté. En el amor se debería perder memoria, en el amor debíamos creer siempre en lo posible, pero una vez que en un amor entra la historia de la experiencia de la misma relación, tal vez comienza la ficción de ese amor.
Me desperté sin encender las luces de la sala que quedaba entre los dormitorios, entré tropezando con una mesa de billar y el mayor televisor había visto jamás, me acerqué a la cristalera que daba a un patio. Supe que los gritos llegaban desde allí y descubrí la silueta retorcida de Amalia, la chica colombiana que trabajaba como sirvienta de la casa. Se sujetaba la tripa y daba saltos. Supuse que sería apendicitis, pero enseguida me dijo que iba a dar a luz. Me sorprendió porque no parecía para nada embarazada y menos que fuera a dar a luz. Pero pareciera que había ocultado su embarazo, aunque no era el momento de recriminaciones. Acompañé a Amalia a su habitación, una estancia con una cama y una mesa de planchar que daba al patio donde estaba el tendedero. Pedí que se tumbara, pero ella en cuclillas daba saltos. No recuerdo más que mi asombro ante sus movimientos nada similares a los que yo había imaginado en un parto, entonces comencé a escuchar voces y a notar que encendían las luces de la casa, mis primas desde el umbral de la puerta gritaban aterrorizadas y yo con firmeza pedí agua caliente y paños limpios, como en las películas, aunque no sabía su utilidad.
Finalmente cayó la niña al suelo, rodeada de sangre y un líquido amarillento que inundaba de rojo la habitación; entonces Amalia, dándome la mano, con agradecimiento, aunque no recuerdo haber hecho nada, ni con el agua que aún estaba calentándose y los paños, recogió a su hija y se tumbó en la cama. Mi madre, que estudió enfermería en la Cruz Roja, siempre decía que lo peor de los partos son las placentas, la placenta que ofrece alimento y se mantiene ligada a la madre, si tarda en desprenderse puede ocasionar graves problemas, y eso le dije a los enfermeros que llegaron a recogerla para ir a un hospital público, que no había salido la placenta. Ella, feliz con su hija en brazos en una camilla, se despidió, porque ahora sí podía ir al hospital que seguro antes la hubiera rechazado.
Después de un baño, de frotarme con alcohol para eliminar la sangre que me había salpicado, vi la luz del amanecer detrás de los cristales que daban al patio ahora vacío. Llamó Frank, dijo que hacía horas que esperaba que amaneciera en Caracas, que lo había pensado, que esta vez era distinto, que habláramos, que le creyera y tuviera fe.
-Tengo fe, le dije.
-Ten fe en mí, será distinto.
-Ya es distinto.
Entonces supe que por más lejos que fuera en busca del verano, de la felicidad, del sosiego, el verano debería llegar a su tiempo.
Llegó Estherina de acompañar a Amalia al hospital, cansada, tal vez enfermaría de nuevo, tal vez no, me dije, y nos miramos sabiéndonos cerca, disfrutando del encuentro.
-Se va a llamar Esther, me dijo.
-¿Quién? -pregunté.
-La niña de Amalia, se llamará Esther o Estherina.





