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GIJÓN
Abogado con mayúsculas
10.08.07 -
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Me resulta muy difícil expresar en tan poco espacio todo el sentimiento que llevo dentro desde esta mañana. La verdad es que ni siquiera tengo el cuerpo para ello, pero creo sinceramente que a quien va dedicado se lo merece sobradamente. Y pido perdón, pues soy incapaz de hablar en pasado.

Decía, y digo, que condensar ochenta y dos años de vida a vuela pluma es arduo trabajo, sobre todo cuando esa vida es la de Alfredo Villa. ¿Por dónde empezar? ¿Por su gijonesismo militante? ¿Por su incansable dedicación a la Villa que le vio nacer y a la que dedicó todo su esfuerzo intelectual desde la Secretaría de su Ayuntamiento? ¿Por su profundo conocimiento de sus calles y sus gentes? Como supongo que a estos temas no dejará de haber mejores plumas que la mía que le dediquen los merecidos elogios, me permito centrarme en otros dos aspectos sin duda igual de importantes aunque quizá menos conocidos.

Alfredo Villa es Abogado, así con mayúsculas. Sin duda fue durante muchos años secretario del Ayuntamiento, pero sus últimas diecisiete primaveras fue tan abogado que sus compañeros de despacho se encontrarán mañana con expedientes en marcha encima de su mesa. Y lo siento por Jesús y Javier, porque no les va a ser fácil darles trámite con la misma finura intelectual de la que toda su vida hizo gala Alfredo. Además de su experiencia municipal y su profundo conocimiento de los duros recovecos del derecho administrativo, siempre tuvo, y eso sí que no es ningún secreto, una inteligencia rápida y un verbo hábil y certero. Como, además, más que clientes, acumula amigos, no es exagerado decir que Alfredo Villa es Abogado, así, con mayúsculas. Por eso, y porque, apoyándome en Miguel Hernández, por doler me duele hasta el aliento, «a las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero / que tenemos que hablar de muchas cosas / Compañero del alma, Compañero». Eso, sí, estas mayúsculas también son mías.

Y además, y por encima de todo, Alfredo Villa es no solo mi tío, sino casi el alma de mi familia. Resulta imposible no recordar, hoy con profunda tristeza, su explosiva alegría, su contagioso sentido del humor, su «no darse ni con tarjeta» de los que hizo gala toda su vida en cuantas reuniones, comidas o tertulias tuvimos el placer de compartir. Las interminables cenas navideñas, en las que bastaba un «hola, ¿cómo estás?» para que se extendiese por la mesa la filosofía de Groucho Marx del «digan lo que digan que yo me opongo» y diese comienzo una discusión, en el sentido griego de la palabra, de horas y horas, sin principio ni fin, pero plagada de grandes momentos, frases y risas en la que, ¿cómo no! suya era la voz cantante.

Decía que Alfredo es casi el alma de la familia, porque en realidad, el, y todos, lo sabemos bien, ese alma en realidad, era su madre, la Guaní, cuyas frases, dichos y ocurrencias seguían saliendo por su boca en un claro homenaje intelectual. Si a estas horas están juntos, algo habrá tenido de bueno el día de hoy.

Solo una cosa más. Parafraseando a otro de nuestras grandes poetas, en este caso a Manuel Machado, se nos ha ido un Hombre que siempre fue, en el buen sentido de la palabra, Bueno.

Descansa en paz, Alfredo.
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