Aunque sufría fuertes dolores, su hija Isabel tuvo que convencerlo para acudir al Hospital de Cabueñes, al que, finalmente, llegó «caminando y con la energía de siempre» para quedar ingresado. De forma repentina, «sin que nadie lo esperase», falleció en la madrugada de ayer, «cuando todos pensábamos que le quedarían secuelas, pero nada más», afirma su hija. Sin embargo, el desenlace «triste, fue lo mejor, porque mi padre no querría seguir en la situación en la que había quedado, sin poder hablar».
Es Isabel, «aunque él me llamaba María», quien ayer contaba las últimas horas de vida del que, además de su padre, fuera secretario letrado de Gijón durante dos decenios, tras haber llegado, en 1961, al Consistorio para ocupar la plaza de oficial mayor. Nadie esperaba tan rápido final, sobre todo porque «era todo vitalidad», como demostró incluso el lunes, cuando acudió a la ofrenda floral a Jovellanos, en la que participó como miembro destacadísimo de la Asociación de Antiguos Alumnos del Instituto Jovellanos.
Esa fue su última aparición pública, aunque no privada, porque todos sus amigos le recordaban «caminando, de forma enérgica, por la cuesta de Begoña», parándose «cada poco, porque no sólo conocía a todo el mundo, sino que era un gran conversador».
El primero de una saga
Conversador, sí, pero nunca revelador de secreto alguno, a pesar de que fue la sombra de seis alcaldes gijoneses. En un momento en el que el peso del secretario municipal era casi superior al del primer edil, con responsabilidad, incluso, de jefe de personal, Villa destacó siempre por su «rigurosidad» en el desempeño de sus funciones. De su fidelidad da prueba el galardón que, en el multitudinario homenaje que recibió el 5 de julio de 1990, le entregaron los periodistas: el Harpo Marx, el mudo, «porque nunca dio una noticia a un periodista, aunque siempre asesoró cuando fue requerido».
En aquel momento, ante las 400 personas que acudieron a la cita en el Club de Regatas, presidida por los entonces jefe del Ejecutivo regional, Pedro de Silva, y el alcalde de Gijón, Vicente Álvarez Areces, ya vaticinaba el ex secretario municipal que su vida laboral no acababa en el Ayuntamiento de Gijón, al que llegó en 1961 procedente del Ayuntamiento de Belmonte de Miranda, «el fíu listo de Juana, que aprobó unes oposiciones», como el mismo recordaba.
Antes que él, en su familia no había ningún titulado en derecho, «papá era ingeniero», recordaba ayer su hermana. Sin embargo, en la profesión que desempeñó hasta su fallecimiento ya hay una auténtica saga de letrados Villa, de la que el puesto más eminente lo ostenta su sobrino, Jesús, vicedecano de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Gijón.





