
Es difícil ponerse en el lugar de alguien que piensa que acude a una convocatoria rutinaria de los vecinos -lo ideal para una tarde de agosto, vaya- y se encuentra de pronto con un concierto en su honor del tenor asturiano Joaquín Pixán y con la iglesia llena de correligionarios.
Quién dijo que la felicidad no existe. Que se lo preguntaran ayer por la tarde a este vecino del pueblo de Villabona, de 59 años de edad, y con un currículo profesional tan abultado como la admiración que se ve que despierta entre sus paisanos.
Los autodenominados Amigos de Villardeveyo, responsables de esta dulce encerrona, llevaron a cabo la empresa con el mayor de los sigilos y sin descuidar el más mínimo detalle. Pero, al mismo tiempo, lo de ayer era como aquella crónica mortal de Gabriel García Márquez, pero sin asesinato; sólo con música. Todo Llanera lo sabía, menos el interesado.
Además, los instigadores se contagiaron con el juego y hasta se divirtieron corriendo algún que otro riesgo. Ayer mismo, sin ir más lejos, presentando por la mañana el acto en Casa Laureano, ese templo de la gastronomía tradicional que Avelino Suárez frecuenta con conocida asiduidad.
Ruta alternativa
El caso fue que el fundador de la consultora de ingeniería Impulso picó en el sabroso anzuelo y fue conducido hasta la iglesia por una ruta alternativa para que no pudiera divisar una más que sospechosa presencia de vehículos.
Y una vez en el lugar disfrutó con la música de su amigo Joaquín Pixán, «uno de los diez mejores tenores del mundo», apuntaba Paco Cuervo, uno de los ideólogos. Pixán interpretó un amplio repertorio de canción italiana, española, asturiana, acompañado de Mario Bernardo, al piano, y Rafael Andújar, a la guitarra. Todo un privilegio para los asistentes. Y como colofón, una merienda campestre.
Si el año pasado el obsequio áureo se materializaba en una medalla al mérito laboral, en esta ocasión, los que de verdad han sido de oro fueron todos los amigos y parroquianos de Avelino Suárez.





