En plena efervescencia de la transición política española, el que iba a ser primer alcalde democrático de Gijón, José Manuel Palacio, que ya conocía a Alfredo Villa de algún encontronazo anterior durante la última corporación franquista en la que ambos estuvieron presentes, había comentado entre sus más allegados la preocupación por el protagonismo y la personalidad de Alfredo Villa en el Ayuntamiento. Él mantenía, además, que el secretario general letrado era un nefasto poder en la sombra. Parece que dijo que «poner a Villa en su sitio es una asignatura pendiente del Consistorio», y que él iba a aprobar esa materia con premura, tras tomar posesión de su cargo como primer edil. En una ciudad con gravísimos problemas de todo tipo como la que heredó José Manuel Palacio de las corporaciones franquistas, esta aseveración no tendría apenas sentido si no fuera por el aura de poder que de Villa emanaba en aquellos momentos y que, por supuesto, inquietaba a las cúpulas de unos partidos que, por primera vez, estaban a punto de llegar a la representación municipal.
Palacio parece que no cogió el toro por los cuernos en el primer envite, a la espera de que el devenir municipal pusiera a cada uno en su sitio. Y tuvo razón. Mientras los periodistas, que olfateábamos sangre, tomábamos posiciones para presenciar en primera fila la batalla, a Alfredo Villa le faltó tiempo para hacerse el hueco que le correspondía en el reciclado sistema de funcionamiento municipal y, de paso, meterse en el bolsillo a la nueva primera autoridad local que, aunque en ocasiones a regañadientes, acabó aceptando plenamente a Villa.
Pese a las uñas iniciales con que fue recibido por la nueva corporación democrática, el viejo zorro de la política municipal salió indemne del difícil tránsito de una época a otra. Si bien nunca volvió a tener tanto poder como el que se decía había acumulado en años anteriores, sí es verdad que su capacidad de trabajo, la rigurosidad con la que resolvía los expedientes y su sabiduría sirvieron para influir de forma muy significativa en el trabajo municipal. No sólo su asesoramiento legal como secretario letrado sino su lúcida opinión, su claridad de ideas y sus avanzados puntos de vista servían para imponer tesis sobre las que la Corporación dudaba y él defendía. La edición de las obras completas de Jovellanos, por ejemplo, en la que el Ayuntamiento realizó una importante inversión, tiene mucho que ver con esto.
Para los periodistas tener cerca a Alfredo Villa daba mucha seguridad porque no mentía. Su negativa a las confidencias, algo muy valioso tratándose de quien conocía tan bien el Ayuntamiento, era sobradamente compensada con sus explicaciones, lúcidas, precisas,rigurosas y didácticas sobre asuntos polémicos y conflictivos de la vida municipal. Un lujo que ya no está a nuestro alcance.





