
Eran las diez y media de la noche cuando las calles cortadas al tráfico en los entornos de la playa de San Lorenzo (no así en la de Poniente) empezaban a dibujar el primer cuadro de los muchos que ofrecen los fuegos artificiales. Riadas de personas caminando en la misma dirección, creciendo casi desorbitadamente en número, a medida que el reloj se acercaba a la cita. Al otro lado de las olas, mientras los paseos de Poniente y de San Lorenzo se iban llenando, con sus arenas llenas, decenas de barcos tomaban también posiciones. Unos en el horizonte, fuera del puerto, otros en el pantanal, preparados para apagar sus pequeñas luces y seguir en la oscuridad las de la pirotecnia.
A las once ya parecía imposible reunir más gente. En los aledaños, las terrazas atestadas, los bares y restaurantes sin un sólo asiento libre. Las parejas del brazo, arregladas por la calle Corrida como si fuera domingo. Los pequeños emocionados subidos al cuello de los grandes, que a las doce cuando el cielo empezó a escupir sus estrellas brillantes, ya estaban arrepentidos de su generosidad. Unos y otros tenían el mismo destino, estar lo más cerca posible de la noche iluminada, que culminaría tras media hora de castillos en el aire con un apoteosis de dificultad y originalidad pirotécnica, desplegadas en dos abanicos entrecruzándose en el cielo, que despedían con traca final la función. Una función aplaudida en más de una ocasión y que llevaba de nuevo nombre valenciano, el de la empresa Vicente Caballer. Su equipo fue el encargado de poner los morteros en el promontorio de Cimadevilla mirando a las nubes, de sacarle los colores a la fiesta, de vestir de rojo el corazón de las palmeras plateadas y de hacer parpadear a satélites imposibles. Ellos convirtieron 1.500 kilos de pólvora en 2.700 disparos de sus pequeños cañones combinados con una coreografía de una treintena de efectos pensada sólo para Gijón.
No eran nuevos los de Caballer en el trance, que ya en la década de los noventa pusieron sus castillos de fuego en el firmamento de Gijón.
Si lo era y ayer lo sabía todo el mundo -que lo comentaba como conversación de café previa al estallido-, que el lugar desde el que habían lanzado sus truenos entonces era otro. De San Pedro han viajado los pirotécnicos a la vera del Elogio de Chillida. Allí pusieron en marcha la mejor tecnología, utilizando todos los medios que el siglo XXI puso en sus manos para evitar cualquier intruso entre las nubes. No hubo, por tanto, humos tapando sus fuegos de artificio, que se vieron perfectamente, pese a que el viento, habitual compañero de la costa, hizo esta vez mutis por el foro.







