Fanáticos del ciberespacio. Este verano como ningún otro me he percatado de lo enganchados que estamos a Internet. La red, aunque parezca que no, controla nuestras vidas de una manera singular. Y no se trata ya de que la tengamos para obtener información o ejercer un cierto control financiero, sino que, simplemente, somos incapaces de vivir sin ella. En ciertos lugares quien no puede acceder a la misma pone todo su decoro bajo mínimos para poder conseguirlo. Guía este pensamiento mío los esfuerzos que veo hacer todos los días a un turista vecino por entrar en su mundo virtual. El hombre, ya maduro, agarra su ordenador portátil como un náufrago a su tabla y empieza un baile singular. Primero lo pone entre los brazos y, en una suerte de danza primaria, va de un lado para otro de la calle sin ton ni son. Algunos -los que no conocen las propiedades de las redes Wi-Fi- pensarán que está loco, que el verano le ha dejado directamente a las puertas del psiquiátrico. En cambio, los que saben que para tener cobertura en este tipo de banda hay que moverse, lo verán como normal. Así, día tras día, en chanclas y con pantalones cortos, mi vecino se dispone en mitad de la calle a aprehender toda red inalámbrica que caiga en su mano. En fin, que le plazca.
Los trucos del abuelo. Tiene gracia eso que ha inventado la policía para disuadir a la delincuencia. Sí, lo de poner coches patrulla llenos de aire (o sea, sin nadie) para mosquear a los delincuentes. Y digo que tiene gracia porque, si lo muestran en los periódicos y, encima, sacan una foto del coche que van a usar pues... Me recuerda esto a un encuentro que tuve una vez con un agente secreto de la CIA. Durante mucho tiempo se estuvo rumoreando de que iba a llegar por la oficina que en la que me encontraba el susodicho personaje pero, la verdad, no acababa de aparecer. Cuando un día abrió la puerta un tipo casi albino y con gafas negras, le di los buenos días. Me respondió: «Buenos días, soy el agente secreto de la CIA».





