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GIJÓN
Tecnologías de ayer y hoy
20.08.07 -
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PLAYAS del paraíso. Hubo un tiempo donde ir a una playa significaba alejarse de las tensiones diarias. Disfrutar del momento, parar el tiempo durante un instante. Algunos la utilizábamos para, no sé, olvidarnos un poco de los problemas o hacerlos más pequeños si cabe entre olas y arena. Sin embargo, como la peste que una vez asoló media Europa y sin saber muy bien por qué, apareció una nueva plaga. Un día el hijo de Satán inalámbrico, Belcebú con antena, la nueva epidemia del siglo XXI llegó. Desde entonces, nuestras playas son un continuo ir y venir de melodías del tipo: tarará, ring ring o chunda chunda. Los teléfonos móviles, lejos de desconectarse, suenan por cualquier rincón haciendo imposible el descanso de quienes así lo pretendemos. Y ya no es sólo que te tengas que tragar con sus apestosas melodías, sino que también, como apoteosis y traca final, te ves obligado a sufrir las conversaciones ajenas. Por la de una muchacha que tengo al lado me entero de que una amiga suya se ha quedado embarazada sin quererlo. «Y lo sabe él», le pregunta de forma precipitada. «Joder tía, lo peor es que era sólo un 'rollo de fin de semana'», le dice a la futura mamá. Pienso: ¿cómo se lo tomará el «rollo de fin de semana»? ¿Qué dirán los padres de la futura mamá cuando lo sepan? ¿Marchará corriendo el 'rollo' o hará frente a sus responsabilidades? En fin, con este panorama mientras estoy tumbado en la toalla, ¿cómo quieren que me concentre en la lectura de algo provechoso? ¿Cómo voy a relajarme si los nervios se van apoderando de mi estómago cada vez que voy descubriendo más capítulos de esta historia de sexo truculento? No sé, no sé, pero esto de los móviles en la playa deberían de prohibirlo, a la sazón, como las colchonetas o los juegos con balón. Sería mucho menos estresante, la verdad.

Fanáticos del ciberespacio. Este verano como ningún otro me he percatado de lo enganchados que estamos a Internet. La red, aunque parezca que no, controla nuestras vidas de una manera singular. Y no se trata ya de que la tengamos para obtener información o ejercer un cierto control financiero, sino que, simplemente, somos incapaces de vivir sin ella. En ciertos lugares quien no puede acceder a la misma pone todo su decoro bajo mínimos para poder conseguirlo. Guía este pensamiento mío los esfuerzos que veo hacer todos los días a un turista vecino por entrar en su mundo virtual. El hombre, ya maduro, agarra su ordenador portátil como un náufrago a su tabla y empieza un baile singular. Primero lo pone entre los brazos y, en una suerte de danza primaria, va de un lado para otro de la calle sin ton ni son. Algunos -los que no conocen las propiedades de las redes Wi-Fi- pensarán que está loco, que el verano le ha dejado directamente a las puertas del psiquiátrico. En cambio, los que saben que para tener cobertura en este tipo de banda hay que moverse, lo verán como normal. Así, día tras día, en chanclas y con pantalones cortos, mi vecino se dispone en mitad de la calle a aprehender toda red inalámbrica que caiga en su mano. En fin, que le plazca.

Los trucos del abuelo. Tiene gracia eso que ha inventado la policía para disuadir a la delincuencia. Sí, lo de poner coches patrulla llenos de aire (o sea, sin nadie) para mosquear a los delincuentes. Y digo que tiene gracia porque, si lo muestran en los periódicos y, encima, sacan una foto del coche que van a usar pues... Me recuerda esto a un encuentro que tuve una vez con un agente secreto de la CIA. Durante mucho tiempo se estuvo rumoreando de que iba a llegar por la oficina que en la que me encontraba el susodicho personaje pero, la verdad, no acababa de aparecer. Cuando un día abrió la puerta un tipo casi albino y con gafas negras, le di los buenos días. Me respondió: «Buenos días, soy el agente secreto de la CIA».
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