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GIJÓN
El Gijón romano
21.08.07 -
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LOS romanos formaron un imperio mediante la rapiña, los pactos o la espada. Llamaban Provincia a los territorios que adquirían para la República, y delegaban lo militar y lo judicial en un procónsul o propretor que administraban en ella el orden y la ley. Sus ciudadanos cumplían un servicio militar de veinte años, y al licenciarse, recibían tierras como pago por los servicios prestados y como pensión de jubilación. Tales tierras procedían de las conquistadas y sustraídas a otros pueblos dominados, como por ejemplo a los de la Hispania prerromana, pueblos que además de abatidos, asolados y sometidos, pasaban a esclavitud, que los esclavos eran la imprescindible máquina preindustrial de la que dependía la economía del imperio. Aquí, tras litigar con los de Cartago, o sea, con el fenicio Aníbal, por ver quién se quedaba con la finca hispánica, los romanos vencieron y pasaron a la acción. Desde Tarraco, Tarragona, y desde otras localidades costeras fueron penetrando a codazos en la península, igual que a costa de los indios lo hicieron más tarde ingleses, irlandeses y franceses en América del Norte, o españoles en la del Sur. Punteaban el trayecto con establecimientos fijos, villas, vicus o ciudades amuralladas que administraban y bautizaban a la romana, al tiempo que batallaban con los bárbaros del entorno para someterlos al yugo de las águilas. El que quiera saber cómo se las gastaban, que lea la 'Guerra de las Galias', un divertido librito en donde el general César narra con gran autobombo cómo se apropió para Roma de lo que hoy es Francia. Pues igual que en Galia ocurrió aquí, otros nombres, otros tiempos y otros generales, pero las legiones romanas se fueron cepillando con paso firme a ausetanos, indigetes, olcades, ilergetes, yacetanos, belos, vacceos, vetones, carpetanos, arévacos, edetanos, mastienos, várdulos, caristios, autrigones, lusitanos, cántabros, etcétera, es decir, se quitaron de en medio a todo el que no se integrara en su Nueva Hispania.

En un cuadrado geográfico que va del Cantábrico al Duero, y del Sella al Navia, habitaban los astures, un pueblo semicelta, lo celta es cultura y no raza, y semiibero, de los iberos del río Íber, el Ebro. Tan pronto como los romanos dominaron y asimilaron a estos astures, llamados así por el río Astura, el actual Esla, colonos llegados por la autopista tarraconense se fueron haciendo sitio en dirección a la capital astur, Astorga, la ciudad desde donde se gobernaba, facilitaba y protegía el tránsito de viajeros y mercancías por el territorio. Gracias a la toponimia hoy podemos seguir sus itinerarios. Y si con la imaginación viajamos por los ramales que salían de la carretera principal hacia el norte asturleonés, veremos cómo colonizaron el territorio y como se instalaron en los lugares más propicios fundando unos miniestados que llamaban villas. Por ejemplo, veremos cómo el soldado Simplicius, seguramente un veterano de la Legión VII sita en León, se asentó en Villasimpliz. O cómo el general Valerius lo hizo en Villabalter, el soldado raso Laurentius en Lorenzana, y el patricio Avelinus se decidió por Villabelino, y Gordonius prefirió el valle de Gordón, el lugar al que reyes cristianos posteriores otorgaron fueros y garantías de Pola. Por caminos de burro, a lomos de asturcón, abriendo vías nuevas o usando las viejas veredas astures, la avalancha romana fue cruzando la cordillera en pos de un paraíso que manaba leche, miel y sidra. Y el patricio Veranius lo encontró en Veranes, Serinius en Serín, Saturnus en Santurio, Vibius sentó sus reales en el Bibio, y Nataulio fundó una activa industria de salazones en El Natahoyo. Y cuando querían hablar de negocios, se citaban en las termas de San Pedro, el equivalente de la época al bar de la esquina, y allá, en la sauna, se echaban unas risas.
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