LOS mercados financieros internacionales han ido recobrando parte de la calma perdida por los fuertes vaivenes desatados tras la quiebra en Estados Unidos de los créditos de alto riesgo. El sosiego ha encontrado su principal motivación en las expectativas sobre una posible rebaja de los tipos de interés en EE UU, una iniciativa que podría anticipar una contención similar por parte del Banco Central Europeo en septiembre y con la que se perseguiría atemperar el nerviosismo de los inversores. No obstante, las autoridades monetarias estadounidenses ya han advertido de que los efectos de la crisis crediticia pueden prolongarse. En este contexto de inestabilidad latente, la confirmación de que más de una decena de fondos y sociedades de inversión españolas se están viendo afectadas por su participación en las llamadas 'hipotecas basura' puede haber incentivado la desconfianza sobre la transparencia del funcionamiento de nuestro mercado financiero. Pero el hecho de que todos los responsables de los fondos estén obligados a informar mensualmente del estado de sus inversiones a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, y cada tres meses a los partícipes en los mismos, acota los riesgos de oscurantismo.
La imposibilidad de discernir aún sobre quién repercutirá la crisis en mayor medida, y si cabe atribuirla o no a un cambio de ciclo estructural, aconseja que los responsables institucionales y políticos se conduzcan con extrema prudencia y mesura en sus valoraciones públicas. El limitado impacto del modelo hipotecario de riesgo en los usos de los bancos y entidades financieras españoles y las previsiones macroeconómicas, que pronostican una suave desaceleración de nuestro aún pujante crecimiento económico, avalan los mensajes tranquilizadores que el Gobierno viene dirigiendo a la ciudadanía desde que las Bolsas comenzaron a desequilibrarse. Pero esta constatación no exime al Ejecutivo de ofrecer puntuales explicaciones sobre la evolución y eventuales consecuencias de la crisis, ni ampara la aparente renuencia de José Luis Rodríguez Zapatero a matizar su optimismo con una consideración razonada de los riesgos que conllevan algunas de las debilidades del modelo de crecimiento. Tanto el discurso gubernamental como el control de la oposición deberían ajustarse en un momento tan movedizo a la realidad de la situación, huyendo de la tentación de exagerarla a favor de sus respectivos intereses.