Aún no repuesto del diálogo entre el rumiante y la belleza, a la altura de la escalera 12, allí donde de guaje solía despachar con mis correligionarios interminables partidos de fútbol, descubrí una pira sobre la que ardían los restos de unos cuantos cadáveres. Las personas que rodeaban la pira no parecían excesivamente tristes. No subrayaban su duelo con rechinar de dientes ni golpes en el pecho, sino que una especie de plácida ensoñación, como quien observa resignadamente cómo se chamusca un buen filete, adornaba a los presentes, entre los cuales pude detectar una nutrida selección de surfistas y personal de salvamento.
Salvados los espejismos del cuadrúpedo y de la cremación, mientras me tomaba el pulso en la yugular por si se me había disparado por encima de 120, me tropecé, a la altura de la calle Caridad, con un faquir tendido sobre una cama de pinchos tocando una flauta para regocijo de una serpiente digna de las novelas de Rudyard Kipling. La serpiente, vacilona ella, tenía engatusado a un público mayoritariamente castellano, que preguntaba aturdido si acaso aquello era una modalidad de danza prima comme il faut o un nuevo reclamo veraniego auspiciado desde nuestra incansable Concejalía de Festejos.
Al fin, llegado a La Escalerona, creí comprenderlo todo. Bajo el vaivén rojiblanco de la enseña gijonesa, un puñado de guiris rendía culto a las abluciones veraniegas vestidos con camisetas con la serigrafía de Homer Simpson, arropados con toallas del Fútbol Club Barcelona y con los calcaños metidos en el agua como si estuvieran pensando en el color de su futuro. Esa noche me acosté pensando que San Lorenzo, en agosto, tiene poco que envidiarle al sagrado Ganges.





