(-¿Mojaste el pizarrín, Arturín?- preguntará algún lector sicalíptico y procaz.
-Pues no, pero no porque me faltara ocasión para ello- mentiré como un bellaco.
-¿Acaso te hizo caso ese sempiterno amor platónico llamado Sibila, la bruja del Natahoyo?- se interesarán lectores más comedidos.
En ves de responderles, me explayaré como suelo hacerlo cuando se menta uno de mis temas predilectos. Y es que volví ser presa de ese sentimiento contradictorio que experimento al contemplar la beldad verdadera de la bruja: un placer y una angustia similar a la de los perros de Pavlov ante los bocados apetitosos que no podían catar. También me vino a la magín la semblanza que le dedicó el bardo Monchu el Liras, otro de sus rendidos admiradores. Me la se de memoria:
«Nació de la espuma de las olas. Dícese que apareció por vez primera, blanca y pura como alba sobre mar argentada, en la costa esplendente y bravía de Asturias. El soplo húmedo de Eolo había largo tiempo impelido sobre las murmurantes olas la concha nacarada que contenía a Sibila. En cuanto se acercó a la playa de San Lorenzo, sus dos valvas se abrieron y surgió ella. Conforme andaba por la arena nacían flores bajo sus gráciles pies. Las xanas, tocadas con ínfulas áureas, la recogieron, secaron su cuerpo chorreante de linfas salobres, retorcieron en espiral sus rubios cabellos y las vistieron con ropajes perfumados. Le ofrecieron luego un carro tirado por dos palomas, y sobre él voló hacia el Olimpo. La asamblea de los dioses se levantó unánime(no especifica qué parte de sus anatomías se levantó más) y la entronizó como una diosa dotada de unos poderes sobrenaturales y adivinatorios que llegan hasta hoy».
...Bueno, pues el caso es que algunos tertulios habituales en 'Al Aire' me regalaron una pluma con motivo del día de San Simeón Estilita, monje que vivió un montón de años encaramado también sobre una columna. La de hoy, por cierto, esta escrita con tal pluma. ¿Se nota que era de gaviota?...





