La autoestima adquirida tras la pretemporada, la fortaleza que otorga la continuidad de un proyecto deportivo a una plantilla ya suficientemente motivada y los refuerzos, bien elegidos, proporcionaban, 'a priori', un clavo al que agarrarse. Mientras sigue puliendo su propio estilo, el equipo de Manuel Preciado anhelaba este año sepultar algunas otras lacras, entre ellas, aquella que decía que a los rojiblancos, por historia, se les atragantaba el debut liguero. Lo consiguió. Y con soltura.
El técnico de El Astillero, a diferencia de algunos de sus homólogos, no se planteó ningún cambio estructural. El Sporting de Preciado tiene más motivos para el orgullo. En todos los amistosos había intentado mantener la posesión del balón, llevar la iniciativa, dominar y hacer valer su superioridad. Una propuesta digna y muy alejada del tacticismo, del pelotazo antiestético y de la prudencia vergonzante. Y el domingo no fue una excepción. Pero también se esforzó en romper de una vez una racha negativa que recordaba que los rojiblancos sólo habían dado a los suyos dos satisfacciones en el arranque de competición en las nueve temporadas que llevaban en Segunda División.
El Sporting ganó al Poli Ejido. Y con cierto desparpajo ante un rival que «no era una perita en dulce», según advertía ayer el presidente, Manuel Vega-Arango. «Hasta el más exigente salió satisfecho de El Molinón», añadía no sin cierta ironía el dirigente rojiblanco. Pero no sólo eso. El último 4-0 vivido en El Molinón en una jornada inaugural se remonta al año 1976. El Levante fue la víctima y el Sporting terminó ascendiendo a Primera División al término de aquella temporada. Y tampoco se conocía el liderato en estos nueve últimos años.
El penúltimo damnificado
El club gijonés se jacta de ser diferente al resto, pero ante determinados estímulos responde de manera muy similar al resto. Cuando hay mal juego o mala suerte, la ley del fútbol no entiende de singularidades o de distintos, por mucha tradición que los refrende y por mucho orgullo que otorguen ciento y pico años desfilando con el paso cambiado. La última satisfacción había llegado hace dos años, con el Albacete como rival. La anterior obliga a remontarse más allá, a la temporada 1999-2000. Ocupaba el banquillo rojiblanco Pedro Braojos.
Y en ninguna de esas dos ocasiones los rojiblancos, pese al triunfo en su casillero, se habían colocado a la cabeza de la clasificación. Los de Marcelino se situaron quintos en la tabla (su 2-0 les colocó por detrás del Numancia, Ciudad de Murcia, Tenerife y Levante) y los de Braojos no pasaron de la octava plaza (su 0-1 en Córdoba no daba para más).
Pero el divorcio del Sporting con el triunfo en la primera jornada venía de lejos. Las estadísticas, frías y despiadadas, pero reales, así lo reflejan. En las 40 temporadas anteriores que el equipo gijonés había militado en la categoría de plata del fútbol español, sólo había sumado tres puntos -o dos cuando así se premiaban el triunfo- en el debut liguero en la mitad de ellas. O sea, el 50% (veinte victorias en cuarenta partidos, de las que sólo tres fueron a domicilio, en Oviedo, Langreo y Córdoba).








