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GIJÓN
Diálogos con espejo
28.08.07 -
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AHORA que estamos en horas de playa, no he tenido más remedio que posar ante el espejo para probarme el meyba, y qué pena que la vida no ponga música ambiental a éstos grandes momentos. Porque fue en ese preciso instante cuando por casualidad, por azar como en tantas ocasiones en la historia, como cuando Fleming y la penicilina, o Marie Curie con el radio, cuando de chiripa descubrí el grial, y fue que en el espejo reside la clave de la hominización, es decir, que reconocer en el espejo el reflejo especular de uno mismo es lo que sacó de mono al hombre, y lo que lo elevó en el escalafón hasta la categoría de los animales racionales superiores.

Lo explico. Andaban los antropólogos y arqueólogos discutiendo sobre si el mono se hizo hombre debido a un casual aumento evolutivo del cráneo, deliberando sobre si fue porque se irguió a dos patas, sobre que si la causa fue su habilidad para disponer de manos adecuadas para el manejo de herramientas. Nada. Ni zorra idea. El mundo científico andaba errado, en la inopia, o no se habían mirado en el espejo tras un invierno de fabadas y sidra. A un mindundi como yo, que ni siquiera figuro en la pomada de las publicaciones eruditas, en el Nacional Geographic o en listas de Nobel, le ha bastado con echar una miradita de refilón al espejo y ver reflejado en él a un paisano al que ni siquiera reconocía, para darme cuenta de que el espejo produce el reflejo, que el reflejo produce la reflexión, en este caso deprimente, y de que la reflexión produce la conciencia del yo, eso sí, de carambola y tras algún que otro titubeo de incredulidad, ¿pero eso soy yo?, lo cual quiere decir que el que inventó el espejo, inventó de un tirón la conciencia, el ego y la auto o hetero estima.

A algunos pececitos de acuario llamados luchadores de Siam les instalan un espejito en la pecera, y ellos, en cuanto ven su imagen reflejada, por defender el territorio atacan como locos a ese extraño invasor que son ellos mismos dados la vuelta. El luchador de Siam, betta splendens, no se reconoce en el espejo porque es un pez irracional, y no reflexiona por más que tenga su propia reflexión delante del hocico. También los cuidadores de periquitos solteros cuelgan de los barrotes de la jaula un espejo, y los pajaritos solitarios, en cuanto ven a un compadre del otro lado de la reja, empiezan a timarse, como en las noches abrileñas de Granada se timaban Juanito Valderrama y Dolores Abril entre los tiestos, e incluso llegan a formalizar una buena amistad consigo mismos sin llegar a reconocerse.

El hombre no. Desde que algún mono se asomó al espejo de una charca y a fuerza de mirarse y de mirar a sus semejantes de la manada distinguió que aquello de abajo eran ellos mismos, en su cabeza y hasta hoy se instalaron la conciencia y el pensamiento reflexivo. Fue luego cuando para cerciorarse de que existía, se dedicó a fabricar espejos de plata, de bronce, de oro, de azogue, porque necesitaba verse. Y entonces se desencadenaron los efectos colaterales del espejo. Algunos se gustaron. Otros no se gustaban e inventaron la cosmética para arreglar los desaguisados de una naturaleza chapucera. Hasta hubo feos, sobre todo en el gremio de los poetas que suele estar colmado de feos, que gracias a la contemplación de su antiestética fachada descubrieron una oculta belleza interior a la que dedicar odas y romances.

Y el final del cuento es que, he ahí al espejo, y heme a mi aquí, in púribus, observando de frente y de soslayo a ese otro yo irreconocible, mientras acuden a la mente Orson Welles y el tiroteo final de 'La dama de Shangai', que hace saltar por los aires todos los cristales del Salón de los Espejos deformantes en el parque de atracciones. Y es que eso de ahí delante es mucho. Y es que no todos los que tenemos espejo y conciencia del yo somos como la Rita Hayworth.
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