
Cuando en 1967, José Luis y su mujer Concha Victorero compraron el negocio, adquirieron también una gran responsabilidad, ya que éste era un local con solera para los marineros del barrio. Según señalan, «tenemos una placa que certifica que éste es el restaurante más antiguo de la ciudad. Lleva abierto desde 1865 y entonces era un local que tenía de todo: daba comidas, vendía vino a granel y era una tienda de ultramarinos».
Rápidamente, el cariño y el esmero con el que Concha preparaba el pescado, fueron calando en los gijoneses y visitantes. Sobre todo su famosa ventrisca de bonito. Tanta fama adquirió que, tal como ella misma recuerda, «los propios pescadores nos traían sus mejores piezas para que se las cocinásemos nosotros aquí».
Para José Luis Cristóbal Victorero, el mayor de los tres hijos, «nuestra mejor publicidad siempre ha sido el boca a boca». Según su experiencia, los clientes acuden a tiro fijo, ya sea porque son habituales, o porque les han recomendado que vinieran. «Un montón de ellos nos dicen luego: ¿Cómo es posible que no conociera este sitio?», comenta satisfecho. Por este negocio han pasado ya tres generaciones de clientes y, por eso, tanto él, como sus hermanos, se sienten responsables de mantenerlo y asegurar que pueda durar otros cuarenta años más.
Y es que para los cinco el restaurante es una parte importantísima de su vida, aunque reconocen que es muy sacrificado y no se lo desean a sus hijos. Tal como indica Roberto, que se encarga cada día de recorrer la mayoría de pescaderías de Gijón en busca de las mejores ventriscas, «en este trabajo no puedes mirar las horas, gran parte de nuestra vida es servir pescado».
«El secreto de nuestro éxito se basa sobre todo en el trato humano que dispensamos. Cuando se trata de pescado hay que estar muy cerca del cliente. Si además no cobras demasiado y das buena comida, no es muy difícil», reconoce Roberto.
Por El Planeta, a lo largo de todo este tiempo han pasado miles de personas. Algunas de ellas, como es de suponer, muy célebres. José Luis comenta orgulloso como todas las nochebuenas, desde hace varios años, Sabino Fernández Campo, ex Jefe de la Casa del Rey, viene a degustar alguna pieza de pescado del Cantábrico.
Recuerda además como en una ocasión «vino Amancio Ortega, el dueño de Zara. Todavía no era tan conocido, así que no supimos quién era. Las mesas estaban todas llenas y le tuvimos esperando más de veinte minutos». Por su parte, María Dolores sonríe cuando se acuerda de Paquirri comiendo sardinas en el Tránsito de las Ballenas: «Se ponía en plena calle y utilizaba como mesa una caja de fruta».
Les hubiera gustado celebrar de forma especial el aniversario, aunque confiesan que esta es «mala época», ya que en verano el local siempre está lleno. «En octubre prepararemos algo con los amigos», señala Roberto.





