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La plaga de las pintadas
29.08.07 -
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SEGURO que si se les pregunta sobre el concepto de libertad de expresión, su carácter de derecho primario, las condiciones de su ejercicio y sus consiguientes límites, le miran a uno como lo haría un neandertal si se le hablara de la teoría de la gravitación universal. Esa pandilla de memos que anda por ahí, spray en mano, embadurnando de pintadas todo lo que encuentra a su paso, no es capaz de alcanzar más pensamientos que los que se derivan de su absoluto desprecio ante el concepto del bien común. Nada hay que se escape a su acción; nada les inspira respeto; cualquier cosa, por noble que sea, se ve vejada por sus estúpidos garrapateados. Esculturas, monumentos, señales de tráfico, rótulos, bancos, farolas, mobiliario urbano, paneles informativos, cualquier superficie es víctima de su odio a la limpieza y su pasión por la cutrez. Psicólogos y expertos habrá que puedan explicar esta pulsión en su definición más clásica, es decir, una energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo. Acaso un afán de singularidad, un deseo inconsciente de permanencia, una satisfacción ante su capacidad o -mi propia versión- una manifestación absoluta de cretinismo. Porque el caso es que estas pintadas carecen de todo sentido dialéctico. No reivindican nada, no exaltan ni exigen, son signos absurdos sin ningún mensaje, salvo que oculten alguna clave sólo para iniciados, en cuyo caso habría que llamar a un semiólogo. De cualquier forma, una obra propia de unos cerebros necesitados de una buena reparación.

Nuestra ciudad está siendo víctima de esta plaga, especialmente en algunas de sus zonas, como el parque y calles aledañas. ¿Y qué hacen nuestras autoridades municipales? ¿Previenen, sancionan, reparan? Prevenir no parece que mucho, porque no es fácil encontrar vigilancia ni algún elemento disuasorio que retraiga a los brocheros. Sancionar no sé, porque desconozco si tenemos alguna ley municipal que penalice estas acciones; sí sé que en otros municipios las hay y que incluyen la reparación correspondiente. Reparar puede que sí, pero sin prisas, con la pereza habitual que todos los organismos oficiales muestran para todo aquello que no sea la labor recaudatoria. Mientras tanto, los ciudadanos tenemos que ver cómo se degradan de la noche a la mañana las cosas que se instalan para el bien de todos -y con los impuestos de todos-, y los visitantes se llevan de nuestra ciudad la impresión de que la educación y la cultura no son precisamente nuestros mayores distintivos.

El caso es que la estulticia tiene la rara cualidad de pervivir a lo largo de los siglos. Ya en Pompeya, un agudo ingenio de lo displicente, quizá harto de sandeces, escribió sobre un muro: «¿Oh pared! Me admira que sostengas tantas tonterías sin derrumbarte».

Si este anónimo observador era un hombre de fe en el futuro, espero que los dioses no le permitan echar una ojeada a algunas zonas de nuestra ciudad.
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