En principio el trabajo no parece que tenga que ser muy profundo, ya que el exterior de la pieza apenas presenta imperfecciones que destaquen a la vista o que se puedan apreciar con una simple ojeada. El propio autor de la escultura asegura que «en algunas caras hay pequeñas picaduras, como si alguien hubiera intentado destruir el vidrio con un piolet. Pero solo se ve si pegas las narices a las paredes del cubo». Alejandro Mieres destacó la dureza del material con el que confeccionó su obra, un vidrio «muy grueso similar al utilizado en los bancos, muy resistente».
El escultor señaló que en ocasiones sí ha visto cómo fallaba el sistema de iluminación, que por la noche va alternando de forma constante luces de color blanco, azul, verde y rojo, aunque asegura que estos problemas siempre se han solucionado con rapidez. Las distintas tonalidades que adoptan las caras del 'Cubo' representan, según la idea del propio Mieres, «la manifestación de la pluralidad ideológica de los habitantes de Gijón». El artista definió su obra como «una llamada poética para el diálogo entre las luces de identidad industrial de la ciudad y el parpadeo de los más ricos coloridos de las luces del 'Cubo', de una dimensión más cercana a la medida del hombre, a ras de tierra».





