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Collioure
06.09.07 -
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ALGUNA vez viajaré a Collioure y pasearé despacio por sus estrechas calles, por sus plazas rodeadas de casas de colores, mientras un sol mediterráneo y puro destila en lo alto la luz de todos los inviernos. Buscaré sin prisas el edificio del viejo hotel Quintana, me apostaré frente a él y, con un cigarrillo entre los labios, trataré de encontrar una ventana tras la que se esconda el llanto de la Historia, el fortalecedor y vil recuerdo de la ignominia pasada. Caminaré junto a las ruinas del castillo y sobre la arena de la playa, seguramente poblada de bañistas que harán despreocupados comentarios sobre la temperatura del agua mientras yo paso a su lado sin mirarles, absorto en el recuerdo de una época que no me pertenece, recuperando en cada paso las vivencias de un tiempo que nunca conocí y que sólo me es dado adivinar en los difusos ecos desvanecidos en las invisibles esferas del devenir. Saldré a las afueras y la observaré desde la lejanía, como tuvieron que observarla hace tanto quienes en ella obtuvieron la definitiva consumación de sus fracasos, y me sentaré sin decir nada sobre algún césped mojado por las lluvias o las lágrimas.

Visitaré Collioure con la tristeza de quien se sabe heredero de una tragedia inmerecida, y en algún momento dado preguntaré a algún lugareño por la dirección del cementerio y me encaminaré hacia sus puertas con las manos en los bolsillos y el alma arrinconada en las esquinas de la desolación. Atravesaré los gruesos muros que cercan el reposo absoluto de los muertos y pasaré de largo por entre las hileras de lápidas buscando un nombre y unos apellidos a los que sin querer me sentiré atado. Algo más tarde, cuando los encuentre, me detendré ante ellos y permaneceré allí, de pie y en silencio, y notaré cómo mis ojos se humedecen poco a poco y lamentaré no creer en nada, no tener a nadie a quien rezar, no disponer de más convicciones ni coartadas que las que me habrán llevado hasta allí, en alguna tarde luminosa de un tiempo impreciso, con la única y sagrada intención de compartir una derrota.
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