Pero, por mucho que digan, por mucho que digamos, la realidad es otra.
Porque muchas cosas no acaban de empezar y otras nunca se terminan.
El verano, a veces, no sólo es una estación, la del calor, la de las fiestas, la de Vivaldi, la de los espejismos.
El estío representa la esperanza de que todo puede ser mejor, más liviano, mas divertido, con esas noches cortas donde lo imposible parece hacerse realidad. Esos meses donde todo vale.
Lo peor es cuando el buen tiempo no llega y entonces el verano se convierte en un deseo, en una palabra mil veces pronunciada y ya casi carente de sentido en estos terrenos norteños en los que vivimos y a veces padecemos. Ahora, cuando la canción de el Dúo Dinámico cobra cierta vigencia, cuando parten los que en realidad nunca estuvieron del todo, cuando, quien más quien menos, vuelve, a sus cuarteles de invierno, a lo que viene a ser la realidad, la verdad, nos damos cuenta de que el verano sí estuvo, sí pasó, aunque tan de puntillas que pocos nos enteramos, embutidos en la rebeca de lana y con el paraguas plegable siempre alerta, siempre a punto de abrirse.
Algunos hasta nos fuimos a lugares más cálidos -que no lo fueron tanto-, a sitios donde también las cosas empiezan y terminan, afortunadamente. Porque lo bueno de algunos veranos es justo eso, que un día nos dicen adiós. Y el verano ya se despide aunque el tiempo sea mejor que en agosto, aunque, por momentos, olvidemos la rebeca.
Por fortuna, todo tiene un final y el de estos meses toca a su fin.
Volverá el buen tiempo, con sus foriatos, sus festivales, sus festejos, pero pasarán o habrán de pasar unos cuantos meses más.
Llega el mejor de los momentos, justo el que vivimos.
Los minutos están para aprovecharlos, con independencia de la que caiga por ahí afuera.





