Fue Umbral un hombre amado por unos y odiado por otros, más odiado que amado probablemente. Se lo había ganado a pulso con sus salidas de tono, con sus desprecios. Tan pronto amaba como odiaba, exigía a los que amaban lo que no podían darle, como cuando le preguntó a Lázaro Carreter, a quien siempre había tenido gran devoción, que por qué no le había dado un sillón en la RAE.
Francisco Umbral fue un gran escritor y, sobre todo, un gran articulista. Un hombre que luchó toda su vida contra sus infiernos personales. Un hombre dividido entre su deseo de contar su drama interior y su deseo aún mayor de ocultarlo. Lo que era más importante para él era ser Francisco Umbral.
Intentó ocultar su nacimiento en un hospital benéfico en la mayor soledad y secreto. Era hijo de madre soltera y los cuatro primeros años de su vida los pasó lejos de ella al cuidado de una nodriza. Cuando fue llevado a casa de sus abuelos, creyó que su madre era su tía May, y en esa situación ambigua vivió sin saber -hasta bien entrada la adolescencia- que su tía era su madre. Creció como un huérfano cuando, en realidad, tenía padre y madre. Todo esto dejó heridas imborrables que se reflejaron en su vida y en su obra y que no evitaron o quizás ayudaron a que fuera grande en el mundo literario, con alrededor de treinta y cinco mil artículos, más de cien libros publicados y muchos premios literarios.
Le deseo que descanse en paz, finalmente, con su madre...





