David era un amigo: sabía escuchar y reconfortar a sus amigos ante las dificultades y ante los fracasos. Sabía alegrarse y festejar los éxitos de los demás como propios. Sabía perdonar y, lo que es aún más difícil, sabía pedir perdón. Era franco. Era generoso. Era de conversación profunda o superficial según a la ocasión correspondiera. Era alegre. Era ameno. Era . era todo lo que puede quererse en un amigo.
Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Nada más cierto. Eso teníamos con él todos sus amigos. No obstante, y aunque la inmensa pena de su pérdida estará siempre presente, sé que con su incomprendida muerte no lo he perdido todo: nuestra amistad me ha enseñado a ser mejor persona y las innumerables vivencias y recuerdos que de él atesoro me acompañarán y reconfortarán siempre. Gracias, David.





