Antaño se disculpaba el furtivismo cuando se cazaba «por hambre y necesidad», pero hoy los que practican la actividad forman parte de un modelo de organización delictiva y programan cacerías con alta eficacia e insultante impunidad.
Cazar sin permiso, con focos y de noche puede llevar aparejada una sanción de entre 6.000 y 9.000 euros. Y aunque todavía no se ha establecido el perfil tipo del furtivo en casi todos los casos se dan cuatro supuestos que se repiten: son socios del coto en el que causan el daño, están en posesión de licencia de armas, cuentan con sanciones administrativas anteriores y tienen antecedentes penales por furtivismo.
Además, sin ser conscientes del peligro, hace tiempo que sobre ellos se estrecha el círculo de la vigilancia y la primera denuncia casi siempre parte de otro cazador de su entorno. La dinámica de la persecución de un furtivo en la oscuridad de la noche siempre es la misma: los vigilantes del coto escuchan disparos, ven cómo se encienden unos focos y avisan al cuartel de la Guardia Civil pidiendo refuerzos con el fin de peinar caminos y carreteras para encontrar el vehículo en el que tienen que huir. Todos los años esta operación se repite miles de veces en España.





