
Casi seis mil pixuetos viven en este rincón asturiano con forma de anfiteatro que limita al este con Muros de Nalón, al sur con Pravia y al oeste con Valdés. Más de cien kilómetros cuadrados donde se enmarcan, por ejemplo, la capilla del Humilladero, el edificio más antiguo de la villa -construido en torno al siglo XIII-, las tascas de los pescadores y las sidrerías, en el corazón del centro, además de la iglesia de San Pedro, del XVI y de estilo gótico tardío. Todos ellos dignos de contemplación.
Pero lo cierto es que no hay grandes monumentos. Algo que su alcalde, Francisco González Méndez, lejos de ocultar, destaca: «Somos el único lugar que hemos salido elegido Maravilla sin tener algo específico. El premio es al conjunto del pueblo y eso es muy especial. Siempre lo he dicho, somos el pueblo más guapo de Asturias y uno de los más guapos de España», asegura. Morbo, fuerza y romanticismo son las palabras que vienen a su mente para describir el encanto de la villa. «No es fácil encontrarse pueblos como éste, que se sitúen en la ladera de un monte tan vertical, ni esta entrada del mar, ni las casas escalonadas. Todo tiene un tirón espectacular: la simbiosis de pesca y turismo, las gentes, el pixueto...».
Aún con todo, guarda algunos 'peros' a los que quiere poner remedio. Para empezar, «le falta vida a este puerto pesquero», aunque ya hay algún proyecto sobre la mesa del Principado de Asturias. Por otro lado, se necesitan más planes especiales para rehabilitar algunas de las zonas. «Nosotros -continúa- hemos demostrado que sabemos mantener la idiosincrasia del pueblo y conservar su paisaje en este estado puro, pero creemos que la elección de los lectores de EL COMERCIO tiene que servir para que las administraciones regional, estatal y europea cuiden y conserven este lugar». Habla de callejuelas que necesitan de mucha rehabilitación y de casas que, a pesar de sus vivos colores, se van quedando abandonadas con el paso de los años.
Tradiciones
Por cierto, que tanto colorido tiene su historia. Al corriente de ello sitúa a los visitantes la directora de Turismo de la localidad, Trinidad Fernández. «La vida aquí iba orientada al barco. Todo era para las embarcaciones. Así que la pintura que sobraba después de pintar los botes, acababa en la carpintería exterior de las casas». Un hecho que además permitía localizar con facilidad las viviendas de los propietarios del barco tenía otra función que era la de localizar la vivienda de las personas por los colores».
Precisamente, los colores son una de las cosas que más llaman la atención a los turistas. Eso y «la construcción de las casas», dice Trinidad que reconoce que vivir en la ladera del monte «tiene su encanto pero es muy incómodo». Aún con todo, los propietarios se niegan a vender los pisos. Lo saben bien algunos visitantes que han intentado, sin éxito, comprarse una casita. «Suelen venir en verano y Semana Santa. Nosotros trabajamos con los hosteleros así que les facilitamos todo tipo de información sobre gastronomía -gran parte de los turistas vienen con ese afán-, alojamiento... Primero, les recomendamos callejear para que descubran que el interior es mucho más interesante de lo que parece». Otra de las cosas que gustan, «y mucho», es la vuelta, desde las tres de la tarde, de los barcos y el traslado de la pesca a la lonja. Este es uno de los pocos pueblos donde se sigue pescando la merluza del pincho con caña y el hecho de que conserven esa tradición «indica el tipo de gente que hay en la localidad». Muy típica también resulta la tradición del curadillo, un pescado de la familia del tiburón que se deja secar al aire libre y se come, sobre todo, en Semana Santa.
Historia
No son tan conocidos los comienzos de esta pequeña villa. Algunos historiadores afirman que los primeros pobladores fueron vikingos. El espacio natural les hacía ser invisibles «tanto por mar como por tierra», así que cuando veían algún barco acercándose «salían, los atacaban y se quedaban con el botín». Se habla de que en el siglo XI ya estaba habitado, pues hay escritos en Pravia en los que se contempla la abundante sal que compraban. «Era -explica Trinidad Fernández- para conservar el pescado». Y es que antes, los inviernos no sabían de pesca.





