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GIJÓN
Las estación de los poetas
03.10.07 -
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EL otoño siempre ha sido la estación preferida de los poetas: ¿«oh prado bello, que deshojas tus flores. Oh agua, fría ya, que mojas con tu cristal estremecido el viento»! (dice J. R. Jiménez).

El sol, cada vez más temprano, se va acostando detrás del pecho de las colinas. Y del poniente rojo, lo mismo podría llover agua que fuego. El otoño acude a las puertas de la ciudad trayendo en sus brazos un viento de ayer y los sedativos olores del tilo, del manzano en sazón, de la zarzamora. Es todo él una sombra de oro y de silencio creciente en la que el canto último del mirlo no pretende otra cosa que sujetar al sol en su caída. La vida en esta estación transcurre por un pasadizo de melancolía. Y la belleza del paisaje, adornado con la ropa caía de los árboles, reside en su tristeza: «Todo el otoño, rosa, es esa sola hoja tuya que cae. Todo el dolor, mujer, es esa sola gota tuya de sangre».

Ahora en que la ausencia de armonía entre los humanos se acentúa; que se debilitan las tradiciones y la familia corre el peligro de desaparecer; que somos como entes aislados y sin relaciones ni conexiones, los poetas son esos seres, cada vez más necesarios, que tendrán que imaginar y llorar por otros. Ellos, en esta era del ruido y del grito, son la esquina por donde se asoma el silencio de las cosas. Porque la poesía, más que de cualquier otra cosa, proviene de la musicalidad del silencio. Todas las cosas, incluso el mismo Dios, son un inmenso mar de silencio: «Sube, grande, la luna en el silencio, sobre el oscuro sollozar».

Y aunque la poesía no vale nada en el mercado, como ocurre con el arte que se compra y se vende al mejor postor, la vida gana siempre con ella la intensidad que no tiene normalmente: «Aquí está, lo mismo que entonces, viva, fresca y de oro, como si ella fuese Ella. ¿Más Ella todavía, pues se parece a su re-cuerdo in-menso»!
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