Mi enfermera soporta estóicamente el aburrimiento, quizás con el arte de la papiroflexia, la meditación intranscendente, el sudoku, etcétera. En una especie de estado catatónico que te impide entender que para emitir una receta a un paciente crónico en apuros, sólo tiene que pulsar una vez el teclado de su ordenador o 'nuestro ordenador'. Y que eso, además de ser una manera de no hacer perder tiempo al usuario en apuros, le serviría al doctor para dedicar su tiempo al enfermo.
Mi enfermera es así: prepotente, silenciosa (a veces), descolorida y permanentemente lánguida para el trabajo, con algunos rebrotes de nadería transhumante para justificar lo que no tiene justificación. Mi enfermera está triste... Qué tendrá mi enfermera.
Mi enfermera es como la casa construid, por gentes de 'algún posible' en un barrio deprimido, que parece luego una especie de palacio de feria con moradores de attrezzo, mecanizados, fríos y al borde del asco miserere. Yo espero que algún día algún aire de humana sencillez la envuelva, y entienda que a veces una sonrisa, una palabra amable o escuchar con un poco de atención a las personas es la más certera de las curas, incluso para ella... Enferma (me parece a mí) de crónica desidia y de un no sentirse necesaria. Por lo que pudiera terminar en algo tan socorrido, moderno y de funcionario, como es la depresión. En fin, mi enfermera es así... un despropósito, una entelequia, la fantasía fastuosa de un masoca.
Quizás yo la vea así porque mi enfermera anterior era: la eficacia, la amabilidad, la media sonrisa sincera, la no estridencia, un lujo que disfrutábamos los que tratábamos con Ana.
Gracias, Ana, por ser como eres. Serías capaz de nacer del desierto un campo de rosas tan sólo con tu humanidad para con los enfermos... clientes para otros.





