
Allí se fue Joaquín junto a otros voluntarios de Burgos y Valladolid para trabajar de «pinche de albañil», bromea. «En Suranam hay un colegio de educación Secundaria, Saint James School, que ya está funcionando y tiene unos mil cien alumnos. El objetivo del proyecto era crear dos aulas nuevas para reducir los alumnos por clase y mejorar el rendimiento», relata. Es una auténtica necesidad esta ampliación en un centro en el que la media de estudiantes por aula se sitúa en los 70.
Su tarea de voluntarios consistía en colaborar. Y eso hicieron, compartiendo espacio junto la comunidad de hermanos de La Salle que regenta el centro y trabajando codo con codo con el personal indio que se encargaba de la obra. «Nuestra labor era un poco la que hacen las mujeres, o sea transportar los materiales, los ladrillos, la arena, las piedras...», explica. No se acabó la faena cuando abandonó la India, pero las aulas comenzaban ya a tomar forma: «La obra sigue, pero es que el trabajo allí es muy lento porque tienen que hacerlo todo a mano».
El caso es que Joaquín, además de aprender algo de albañilería, descubrió muchas cosas más en esta localidad india de dos mil habitantes en la que se ubica el centro escolar, que da cobertura a un área de treinta kilómetros a la redonda en lo que no existe otro colegio. Hasta allí, los chicos de entre diez y diecisiete años acuden a pie o en bicicleta para recibir formación en un colegio católico pese a que la mayoría de ellos son de religión hindú. Allí se juntan chicos y chicas en unas aulas que, eso sí, se dividen físicamente por sexos. Y allí pudo también entrenarse como profesor: «Tuvimos oportunidad de impartir talleres de manualidades a los chavales», explica. Ni siquiera la lengua -los chicos emplean el tamil- fue una traba capaz de impedir la comunicación.
El impacto de la vuelta
Descubrió más cosas, cómo la importante tarea que realizan los hermanos de La Salle en un área pobre de solemnidad y en la que es más fácil encontrar una sonrisa amable en lugares donde la necesidad aprieta que en el primer mundo lleno de comodidades. «Es complicado decir si soy optimista respecto al país, porque en realidad el mayor impacto me lo llevé al volver de allí, cuando llegas aquí y te encuentras a la gente que tiene de todo con malas caras, mientras allí, que no tenían nada, todo eran sonrisas y alegrías», reflexiona. En cualquier caso, Joaquín prefiere mirar al futuro con optimismo, pese a que sabe que en la India cuestiones como el sistema de castas -prohibido por el gobierno pero que continúa vigente- dificulta y mucho el desarrollo puesto que genera en la población un conformismo que nunca es bueno.
La conclusión de su viaje está clara: «Merece la pena conocer cómo se vive en estos sitios», dice, y pronto explica que tras viajar hasta la India ha podido por fin ponerle nombre a todas esas imágenes de pobreza tantas veces vistas desde la distancia. «Esto te cambia el concepto, al estar allí te das cuenta de que está aquí al lado, que no están tan lejos, que hoy puedes desayunar en España y cenar en India», relata.
Quizá el año que viene repita experiencia. Le encantaría volver a la India pero también conocer otros lugares. Mientras, desde La Felguera continuará trabajando en tareas de sensibilización.





