Tampoco sabemos con certeza histórica quién mató a Napoleón, que tenía cuerda para rato. Pasado el tiempo se encontraron restos de arsénico en el imperial flequillo. ¿Murió envenenado o bien le entró una depresión aniquiladora por dejar de ser Napoleón? Del general Prim se conoce al menos la localización: murió en la calle de El Turco y, para no irnos tan lejos, el único dato cierto del asesinato de Kennedy es que Oswald tenía una excelente puntería.
Los señores del petróleo también están bajo tierra, junto al oscuro líquido que defendían. Siempre ameniza la Historia sus leyendas y Lady Di, que era un tanto sosaina, ha ingresado en la mitología. Todo le favorece: desde los amores de su atento marido con la rubia equina Camila Parker, que la dispusieron a cambiar gustosamente su reino por un caballo, hasta el absurdo cacharrazo en un túnel de París.
Hay crímenes de los que se sospecha que su impulso fue soberano.
La razón de Estado no siempre es razonable, pero hay otros aún mejores: los que no se consideran crímenes. Mohamed Al Fayed, el malogrado suegro, quiere aclararlo todo diez años después. Es muy rico, pero no le va a dar tiempo.





