El procedimiento electoral español, basado en el sistema proporcional, como nos recuerda Alonso de Illescas, el sistema que más promete y menos cumple, es herencia de la Transición española, y originalmente, estuvo pensado para formar unas primeras Cortes constituyentes. A pesar de las voces que claman a favor de la reforma electoral, este procedimiento continúa vigente desde hace treinta años, me imagino que por una razón esencial. Quien alcanza el poder se olvida o no quiere cambiar el camino, ese mísero detalle técnico, por el que llega a él.
Frente a las críticas, recientemente amplificadas hacia la Transición política española, somos muchos los que pensamos que ésta fue, en muchos aspectos, modélica y efectiva para la convivencia y la instauración democrática. La Constitución actual no se explica sin la Reforma previa que desmontó progresivamente el régimen franquista. ¿Había otros cauces? Por supuesto, y es probable que el resultado final hubiese sido parecido, pero el proceso de democratización mucho más costoso, incierto y dramático. De todas maneras, la historia se escribe con hechos pasados y no con futuribles imaginados. Así como un buen traje puede tener un fallo en una costura, hay un aspecto de la Reforma política de la Transición que es cuestionable: el mísero detalle técnico, es decir, el procedimiento electoral. ¿Cuál es la razón por la que los escasos protagonistas de la Ley para la Reforma Política, entre ellos dos asturianos, se empeñaron en el sistema electoral que hoy padecemos?
En el libro 'Lo que el Rey me ha pedido', escrito por Pilar y Alfonso Fernández- Miranda, se dedican varias páginas a este tema que llegó a ser en aquellas Cortes en estado de disolución espinoso y conflictivo. Un sector bastante amplio de las Cortes franquistas agrupados en Alianza Popular defendía un sistema mayoritario, bien simple o como el de la V República Francesa, a dos vueltas, como el idóneo para representar la estructura de la opinión pública y posibilitar gobiernos estables. Frente a ellos, Torcuato Fernández-Miranda abogaba por el sistema proporcional justificándolo, entre otras cosas, por la falsa bondad del bipartidismo y porque favorecía la integración y representatividad de los partidos nacionalistas catalanes y vascos en una política de Estado.
Creo que, en este punto, se equivocaba Torcuato. La ley electoral por él propuesta rompió el principio de equidad del sufragio universal que dice un hombre un voto, al perjudicar ostensiblemente a agrupaciones como Izquierda Unida, a la que empujo a una absurda deriva nacionalista, reforzó el poder de los aparatos de los partidos políticos y no sirvió para moderar los programas máximos de los nacionalistas. El mísero detalle técnico del que hablaba Ortega está fallando. Cada cita electoral, más.





