Ibarretxe no se siente español y sin embargo es uno de los españoles de derecho que mejor refleja una de las facetas más deplorables y recalcitrantes de nuestra idiosincrasia: la voluntad férrea de salvar a los demás sin que nadie haya intercedido para que lo haga, sin necesidad de ser salvados de nada ni de nadie y, en el supuesto de que esa necesidad existiese, sin capacidad para hacerlo. Ahora está empeñado en organizar un referéndum ilegal y en su empeño por desacatar todo lo desacatable con tal de no enmendarla, ni siquiera se ha parado a pensar para qué o, lo más elemental, cómo. Porque no le va a resultar fácil.
Primero porque no parece probable que convenza a Zapatero de nada por muy flexible y proclive a decir que sí que el jefe del Gobierno sea y porque si consiguiese el milagro de obtener del presidente algún tipo de asentimiento, Zapatero tendría los días contados en el poder y él, el lehendakari, debería vérselas con otro. Y es que, ante una claudicación de semejante naturaleza, los ciudadanos ya se encargarían en marzo de darle la boleta en el supuesto de que antes no se la proporcionase el Congreso. No, Ibarretxe ni va a tener comprensión o asentimiento ni va a encontrar ningún resquicio legal para pasar con la suya. Antes al contrario, cada vez su osadía de desafiar al Estado se le volverá más difícil y su propósito más inviable incluso en el ámbito organizativo.
Quizás no ha reparado en ello, porque su obnubilación no se lo debe de estar permitiendo, pero además organizar un referéndum, consulta o como quiera llamarle, con unas garantías mínimas requiere contar con algunos elementos de los que difícilmente va a poder disponer. Empezando por una Junta Electoral, integrada por jueces, que saben mejor que nadie hasta qué punto esa pantomima se convertiría en una ilegalidad. Los obstáculos seguirían con la imposibilidad de disponer de colegios, sin olvidarse de lo que supondría intentar utilizar a la ertzaintza para proteger una ilegalidad y, por lo tanto, situarla en una actitud que si no mereciese ser considerada como rebelión tal vez no le faltase mucho.
No creo, no, que el lehendakari pueda seguir su raca raca hasta el final, aunque su terquedad le haga difícil retroceder. La firmeza del Gobierno debería convencerle de que su propósito es una locura que sólo conducirá a incentivar a los terroristas, quienes e empezarían así a ver compensado el pringue de sangre que tienen después de cuarenta años de violencia, y a meter más al pueblo vasco en un conflicto que a una gran parte le resulta ajeno y rechazable. Si pese a todo Ibarretxe persiste en el empeño es evidente que fracasará salvo en su voluntad de convertirse en mártir, aunque el mal, aso sí, quedará hecho.





