Esto de que las masas eleven a los altares de la fama a las grandes figuras del espectáculo no es nuevo; también pasaba en la vieja Roma, por ejemplo, donde algunos aurigas -y entre ellos, por cierto, unos cuantos hispanos- recibieron glorias sin cuento. Lo que jamás se le ocurrió a nadie fue llevar al auriga en cuestión al foro para que discutiera con Cicerón. Al primero que no se le pasaría por la cabeza semejante locura sería al propio auriga, muy consciente de cuál era su papel en el mundo. Un auriga, pilotando su cuadriga en la arena del circo, era un gigante; fuera de la arena, sin embargo, podía convertirse en un alfeñique.
Con estos famosos de la tele, el deporte o el toro pasa lo mismo: son tan sublimes en el escenario, el estadio y el ruedo como deplorables fuera de él. La diferencia está en que al auriga jamás se le habría ocurrido prestarse a un espectáculo donde tuviera que echar mano de sus conocimientos intelectuales, más que nada por respeto al que los posee y también por un cierto concepto de la propia honra, mientras que el famoso contemporáneo, ensoberbecido en su aureola, no duda en comparecer en público para exhibir su propia ignorancia.
Es posible porque en España hemos construido una cultura social donde el conocimiento no es algo que revista un especial valor, donde la ignorancia no es algo que resulte especialmente negativo y donde, por tanto, cada cual se siente con derecho a hacer, decir y opinar lo que le venga en gana sobre cualquier cosa, aunque sea una memez, o aun a sabiendas de que lo es. Este es un defecto muy típicamente español, muy específico de los últimos años y, además, muy vinculado a lo que viene siendo la atmósfera de nuestra televisión en el último decenio. El ignorante satisfecho de sí mismo, de su propia incuria intelectual, que hasta hace relativamente poco tiempo era una figura de parodia, de crítica, de caricatura costumbrista, ahora es un tipo humano peligrosamente extendido. Si se piensa detenidamente, no tiene ninguna gracia, 'españolus'.





