ESTE verano se comentó la posibilidad de trasladar el Museo Piñole por falta de visitas. Cosa de la que, obviamente, la obra del buen pintor gijonés no tiene ni la más mínima culpa. Digamos que el mal, si se puede llamar así, es endémico. Se extiende por toda la geografía patria hasta hacer casi de los museos un lugar tan común como, no sé, la iglesia de la parroquia o el campo de fútbol más cercano. En resumen, a veces, hay más museos que cosas interesantes para ver. Resulta curioso observar el comportamiento de la gente ante los mismos. Lo primero que hacen es consultar la guía de viaje correspondiente. Si ésta los nombra por cualquier circunstancia (aquí una piedra que pisó no sé quién, una hoja amarillenta donde anotaba sus pesares o el plato donde tomaba la sopa), entran. El paso siguiente es comprobar si cuesta o no dinero. Si la visita es gratuita, hombre, a lo mejor, dan un paseo para ver qué hay dentro (a veces, para mitigar el calor en verano o el frío del invierno). Ahora bien, como tengan que pagar unos euros y no sea un museo de relumbrón (el Prado, el Louvre, el National Gallery...), ya les ves dando media vuelta para seguir su camino. Y, ¿podríamos achacar esto a una cierta falta de cultura por parte del turista? Pues no. La razón simple y llana es que hay demasiados; existe una oferta tan inmensa que es imposible de abarcar.
Sí, porque ahora, desgraciadamente, llaman museo a cualquier cosa. No existe ciudad, villa o pedanía rural que no posea alguno. Muchas veces, únicamente para justificar un presupuesto en cultura; otras, para que se vea que se ha hecho algo por ella. Sin embargo, ese cierto concepto elitista de poder observar piezas de algún valor y que te pueden ensañar algo pasó a mejor vida. La clase política de turno reclama museos para las cosas más insospechadas. Aprovechan, digámoslo así, la anécdota, la casualidad o cualquier circunstancia irrelevante para montar el suyo correspondiente. Viajar y observar cómo estos se encuentran medio vacíos es todo uno. Hace poco, visité un lugar (no me atrevo a llamarlo museo) donde se mostraban sin ningún pudor piedras de una supuesta muralla medieval. Nada de una reconstrucción virtual o maqueta o fotografía. Simples regodones del siglo XVI: ésa era la apuesta de la ciudad en cuestión para atraer al visitante.