La 'societas', la estructura o estado concebida como una empresa colectiva que diseña su acción y sanciona cualquier conducta en función de la finalidad perseguida, o sea, la convivencia, se sostiene porque existen unos elementos encargados de mantener la regla en alto para que no matemos al padre y nos casemos con nuestra madre, como dirían los griegos. Por ello, estar en contra del ejército sería la democracia llevada a su extremo más estúpido. Y también más suicida, cabría añadir. Evidentemente, esto no tiene nada que ver con el patriotismo, con la bandera o con la izquierdaderechacentro; no hace referencia a la indignación vociferante, la moralina elemental o la morbosidad. Yo sólo hablo de sentido común, algo esencial a no ser que pretendas convertirte en José Tomás. Porque hay una verdad tenebrosa que muchos se niegan a reconocer: lo que un hombre hace cualquier otro puede repetirlo. Poseer otra concepción vital no pasa de ser una filosofía propia del mundo Disney. Debemos defendernos de nosotros mismos, ya sea del simple gamberro o del fanático con un cinturón de explosivos que llevamos dentro.
Y ese es el papel que tiene asignado el ejército: el de defender. A la vuelta de la esquina, en Afganistán o en Líbano. Esa es la tarea de los 4.000 militares, 300 vehículos y 90 aeronaves que desfilarán hoy, 12 de octubre, en Madrid. Por mi parte, no me queda más que hacer lo que el recientemente fallecido piloto japonés Norick Abe hacía -no se lo he visto a ningún otro piloto-, cuando algún mecánico le empujaba para arrancar la moto: dar las gracias con solemnidad y un movimiento de cabeza.





