
Luis Suárez / E.C.
–¿Qué opinión le merece el proyecto de ley de la memoria histórica?
–En primer lugar, ya el término «histórica» es equivocado, porque en realidad es una ley de la memoria política. La Historia no trata de juzgar, trata de explicar. Y para ello procede con absoluta neutralidad, con el objetivo de descubrir hechos del pasado, que luego pueden servir de base para construir el futuro. Como historiador, no me gusta que se use el término «histórica» en esas dimensiones políticas.
–Y por lo que se refiere al contenido del proyecto, ¿no le parece lógico, por ejemplo, que se retiren los monumentos y estatuas relacionados con el franquismo?
–No; me parece un error. Creo que hay que dejar las cosas como están, a su aire. Aquí se hizo un esfuerzo para saltar por encima de esos odios que desataron la Guerra Civil. Cuando se intentan modificar las cosas para decir que estos son los buenos y estos otros son los malos, no sólo se está mintiendo, sino que se está despertando el odio. Eso es algo muy negativo, porque el odio destruye a los pueblos, y eso lo estamos viendo ahora. Las imágenes de este viernes en San Sebastián no pueden ser más gráficas y, al mismo tiempo, más lamentables. Lo que ha de intentarse no es destruir, sino construir, y se construye desde la fraternidad, no desde el odio. Es lo que habíamos tratado de llevar a cabo con la reconciliación de la Transición.
–¿Y qué me dice del callejero? Aún se mantienen muchas calles dedicadas al Generalísimo o a José Antonio, treinta años después del restablecimiento de la democracia.
–Todavía más absurdo es que se quieran quitar en Madrid, por ejemplo, los nombres de las calles de Muñoz Seca o de Pemán, cuando no son calles que se les hayan dedicado por motivos políticos, sino por lo que han significado en la literatura. Todo eso es llevar el resentimiento al máximo nivel.
–Otra de las cuestiones que está levantando polémica son las placas en recuerdo de los caídos del bando nacional que se mantienen en muchas iglesias.
–Las placas tienen sentido. Se establecieron en un momento en el que la Iglesia quería honrar a sus fieles que habían muerto, pero sin la intención de condenar a nadie. Si ahora se suprimen se estaría haciendo una revisión en negativo. La Iglesia fue la gran víctima de la Guerra Civil, pero ha sabido olvidar, perdonar. Precisamente en los procesos de beatificación que se van a celebrar el próximo día 28, uno de los aspectos que más se venía vigilando era si la víctima había muerto perdonando a sus verdugos. Eso es lo esencial: saber amar, saber perdonar.
–¿Le parece que el Gobierno está empeñado en revisar el pasado como modo de desviar la atención sobre los problemas del presente?
–No lo sé, pero hay cosas que me sumen en la mayor perplejidad. Por ejemplo, si de los maquis, que eran grupos guerrilleros y que que cometieron atrocidades, hacemos ahora unos héroes, estamos justificando que en el futuro se pudiera hacer lo mismo con ETA, porque también ponen bombas y teóricamente luchan por una causa. Estamos entrando en una tremenda contradicción.
–¿Hay algún otro aspecto del proyecto de ley que le parezca especialmente preocupante?
–Da la impresión de que se trata de obligar a los historiadores a hacer la Historia en un determinado sentido. Y eso es malo para el país. Los historiadores llevamos mucho tiempo trabajando para descubrir los hechos, desde muy distintos puntos de vista, todos ellos muy legítimos. Ahora parece que se levanta una vara y se amenaza con castigar a quien no vaya por donde te dicen que hay que ir.
–¿Cree que puede verse afectado el trabajo de los historiadores por lo que diga la ley?
–Probablemente sí, porque el historiador refleja su trabajo a través de los medios de comunicación, de las publicaciones. Si una ley pone una barrera, no se podrá traspasar.
–¿Ve relación entre la revisión del pasado que se realiza desde este proyecto y la puesta en cuestión de símbolos nacionales que tanta polémica está despertando en las últimas semanas?
–Sí, claro. Se ha tratado de destruir la legitimidad de una época histórica y con ella la de la monarquía, lo que aprovechan algunos para atacar la legitimidad de la nación española.
–¿Qué consecuencias cree que toda esta situación va a traer para el futuro?
–Malas, sin duda. Puede que lleguemos a la ruptura de la nación española. Pero, aunque no sea así, seguro que en todo caso quedará una secuela de odio, de resentimiento, de enemistad. Y así no se construye el futuro. Estamos en un momento histórico en el que tenemos que hacer un esfuerzo para construir Europa y que se superen los rencores y odios que han dividido a los europeos durante siglos. Si en vez de eso lo que hacemos es dividirnos y territorializarnos cada vez más, vamos mal. Estamos volviendo a las taifas, o incluso a los arévacos.