
Cada uno tiene su opinión sobre las posibles causas de las pocas ventas. Para el santanderino Narciso Herrero, lo son «las hipotecas». «La gente se asusta y bajan las ventas a nivel general», añade. «Se reducen gastos y una de las cosas que se dejan a un lado son las antigüedades». Para Herrero éste es el cuarto año que asiste a la feria gijonesa y reconoce que, en otras ocasiones, el balance era mucho más positivo. «El año pasado fue muy bueno», recuerda.
No obstante, confiesa que a él no le ha ido muy mal, porque «estoy liquidando la tienda y vendo muy barato». Está cerrando su negocio de Liencres (Cantabria). «Lo está haciendo mucha gente», asegura. «Yo soy arqueólogo y me dedicaré a otras cosas, al menos hasta que pase el bajón, pero hay otros que tienen cincuenta años y se plantean qué van a hacer ahora si la cosa no mejora». En su puesto se pudieron ver todo tipo de muebles. Llamando la atención, sobre todo, un pequeño pupitre escolar de madera, toda una joya del pasado que, sin embargo, fue superado en las ventas por «cosas pequeñas que no valen mucho dinero».
El madrileño Luciano Cáceres comparte la opinión de Narciso Herrero. Cree que las causas de las «escasas ventas» están en la subida de los precios y las hipotecas, que no se acompañan de incrementos salariales y, por eso, entiende que «la gente tenga otras necesidades que cubrir antes de comprar antigüedades». Él también es un habitual del certamen gijonés y asegura que en esta ocasión le ha ido peor que de costumbre: «He vendido la quinta parte que el año pasado».
Entre sus objetos, explica, «llamó mucho la atención la talla de figuras castellanas de los siglos XVII y XVIII». Eso sí, lamenta Cáceres, «despiertan curiosidad más que nada, pero falta dinero para poder comprarlas. Hoy día, parece que si dices que son 200 euros, suena peor que si antes dijeras 200.000 pesetas», señaló.
«Cosas de coleccionista»
La catalana Rosa Prat, por su parte, cree que en la escasa afluencia ha tenido más que ver con «el buen tiempo». «Y al haber menos gente, hay menos compras», añade. En su puesto, lo más vendido fueron «cosas de coleccionista, como relojes y máquinas de escribir», aunque lo más curioso que trajo a Gijón fue «un vestido con calzones a juego, que tendrá unos 66 años más o menos».
Pero, a pesar de que este año no fue bueno para las ventas, los expositores siguen destacando esta feria como una de las mejores. «Vengo todos los años, me gusta mucho y el público asturiano es estupendo», manifiesta Francisco Javier de la Sierra. De hecho, la organización, que aún no ha cerrado el balance de esta octava edición, aseguró ayer que «la mayoría de las empresas nos trasladaron su deseo de volver el año que viene». «Eso será indicativo de que hay negocio e interés», apuntó uno de los organizadores, José María Camps.
En lo que se refiere a los asistentes, la percepción general fue la de haberse encontrado con una «buena feria». Además, pudieron pasear por el recinto ferial tranquilamente, sin agobios, para poder contemplar y comprar con calma. La gijonesa Dolores Allende, aficionada a las antigüedades, destacó el certamen, al que ayer asistió por primera vez porque desconocía su existencia. Se quedó «contenta», aunque, eso sí, considera que, para posteriores ediciones, «tendrían que contratar algún comisario, como en otros certámenes, para que controlara lo que se vende». Asegura que «uno de los expositores llevaba reproducciones y está muy bien para una feria de decoración, pero no para una feria de antigüedades», se quejó. «Si la gente ve que se venden reproducciones, empieza a desconfiar», advirtió.





